Testimonio de René Besnault sobre el viaje del general de Gaulle a América Latina

Autor  René BESNAULT

Artículo publicado en Espoir n° 114, 1998, bajo el título “Périple de l’Amérique du Sud d’un « Edecan »”

Del 20 de septiembre al 16 de octubre de 1964, el general de Gaulle lleva a cabo el periplo de Suramérica por mar y aire.

Siempre atento a que su séquito fuera reducido cuando se desplazaba al extranjero, en esta ocasión, y dada la duración del viaje, se deja acompañar por dos ayudantes: de esta manera, el comandante del ejército del Aire, Albert Lurin y yo, con mis recién estrenados galones de capitán de fragata, compartimos una carga que, a la postre, demostró ser bastante pesada.

Paralelamente, fue una de las experiencias más enriquecedoras. En el Elíseo, tuvimos ocasión de seguir los preparativos del viaje y profundizar en los motivos; nos quedaba medir su impacto: diez visitas oficiales a otros tantos países suramericanos, herederos de los imperios portugués y español, conformaron uno de los acontecimientos sobresalientes del año diplomático.

Entre otras cosas, nos permitió sopesar las diferencias extraordinarias que existen entre los diez países en cuestión, a pesar de la etiqueta común de “suramericanos”, cada cual marcado a su modo y manera tanto por la geografía como por la historia.

Tal vez también tuvimos la oportunidad de evitarle a “nuestro” General, a la sazón con 73 años, algunas preocupaciones y cuitas. De hecho, por su parte, el periplo fue una prueba física bastante notable pero, en mi opinión, de naturaleza diferente a la llevada a cabo,  seis meses antes, durante los días sueltos de su viaje a México.

Por otro lado, poco tiempo después de este, el 17 de abril exactamente, se vio obligado a someterse a la intervención quirúrgica que todos conocemos. Tuve el privilegio, encontrándome de servicio, de ser el primero de la “casa” en ir a saludarlo y acatar sus órdenes en su habitación del hospital Cochin. Tuvimos ocasión de departir de forma casi familiar, momento que aprovechó para sacar a colación un comentario realizado por mi mujer algunos meses antes... ¡en relación con la educación de los niños!

Sin embargo, existen razones menos personales para recordar, en lo tocante al periplo de Suramérica, un país tan septentrional como México; dichas razones me han ido viniendo a la mente aquí y allá, al escribir, pero gracias a un feliz hallazgo de Miguel Ángel Asturias creo poder sintetizarlas mejor: “una cierta idea de América Latina”.

De hecho, precisamente bajo este título, el premio Nobel de poesía rinde homenaje, en el número 1 de la revista Espoir a “uno de los mayores acontecimientos del siglo: la aparición de América Latina en la primera línea de la escena universal”. Aprovechemos para recordar que, entre otros servicios prestados a la causa aliada durante la guerra, Miguel Asturias fue el fundador del Comité de la Francia Libre en Guatemala.

Si no fue necesariamente el viaje al extranjero más fatigoso de todos los realizados por el Presidente de Gaulle, el periplo suramericano sí fue, sin lugar a dudas, el más largo. No obstante, una ausencia presidencial de cerca de cuatro semanas fuera de Francia es, intrínsecamente, una fuente de dificultades.

De esta forma, y por segunda vez en su mandato de siete años, la presidencia del Consejo de ministros se encomendó al primero de ellos, Georges Pompidou. El general de Gaulle se planteó incluso renovar dicha delegación para el miércoles 14 de octubre, pero lo descartó vista la agenda, cuyos puntos podían esperar sin problema alguno hasta su vuelta; el Consejo siguiente se celebró así el miércoles 21 de octubre.

He mencionado este aspecto de los hechos y he subrayado el papel jugado en relación con esto por el crucero Colbert, con ocasión de una conferencia impartida en los “Amis del Institut Charles de Gaulle” a bordo del propio Colbert, desarmado y amarrado en el corazón de Burdeos, tras una prolongada y útil carrera.

Fue a bordo de dicho buque de guerra, jurídicamente “territorio francés”, donde el Presidente de la República pudo firmar con validez los decretos que se publicarían algunos días después en el Boletín Oficial, con la mención: “Firmado a bordo del Colbert. C. de Gaulle”. A dicho título, varios enviados de la “casa” o de la Secretaría General del gobierno, realizaron las idas y vueltas pertinentes entre París y los puertos de Suramérica.

 

Motivos y preparación del viaje

En la época, y a menudo posteriormente, se planteó la pregunta de los motivos de dicho desplazamiento suramericano. “De todos los grandes viajes que De Gaulle realizó al servicio de Francia”, afirma en 1992 el escritor y periodista brasileño Antonio Callado, “este... es el más enigmático. ¿Cuál era la auténtica motivación de tan agotador safari?...”

A esta pregunta sin ambages, ofreció una primera respuesta, muy general, pero muy elaborada, el propio interesado, ya el 31 de enero de 1964.

Aquel día, de hecho, bajo las enormes arañas de la gran sala de gala del Elíseo, se habían reunido 950 periodistas del mundo entero. Exactamente a las 15 h., el Presidente de la República hizo su entrada y se sentó a la mesa, limpia de todo documento, donde durante una hora y media aproximadamente se disponía a hablar, sin el apoyo de nota alguna.

A su derecha y sentados, los miembros del gobierno, con Pompidou, Malraux y Jacquinot en primera fila. La rueda de prensa arranca y se desarrolla a un ritmo ahora claramente marcado: “Señoras y señores, me congratula verles... »

La segunda pregunta planteada es la siguiente: “¿Qué papel podría jugar América Latina en su política de cooperación con los países en vías de desarrollo?” El General responde a ello, ampliamente, en tres puntos:

- una nueva situación del mundo invita a la cooperación, en beneficio mutuo, de los países incluso muy alejados. “El tiempo de los mercados exóticos y de las tierras por conquistar” ha quedado atrás. “Dos mil millones de almas aspiran hoy al progreso, a mejorar su calidad de vida y a la dignidad. Desde que el mundo es mundo, he aquí un hecho cuya importancia y dimensión no han sido jamás igualadas”.

- una nueva situación de Francia, junto con “la naturaleza de su genio que hace de ella, en todo momento, un fermento y un adalid de la liberación humana, le permite jugar un papel considerable en dicha cooperación, a pesar de las dificultades que hayan podido herirla y debilitarla temporalmente”.

- entre los países que podrían desear que “Francia les prestase un apoyo, de acuerdo con nuestra mentalidad y a nuestra manera... y recíprocamente...” figuran aquellos de América Latina. “Este es el tema que esperamos abordar próximamente con el Sr. López Mateos, Presidente de México, y posteriormente, sin duda, con los gobiernos de los Estados suramericanos, con ocasión de los viajes que espero tener el honor de realizar. El 3 de junio, se celebra en el Elíseo una reunión de los principales embajadores de Francia en América Latina, en la sala del Consejo de ministros, bajo la presidencia del general de Gaulle, asistido por Couve de Murville, ministro de Asuntos Exteriores.

La reunión dura cerca de dos horas, a lo largo de las cuales los representantes de Francia en México, y en las diez repúblicas de Suramérica, tuvieron a bien expresar los puntos de vista, extraordinariamente variados, de sus países de residencia.

Por su parte, todos los embajadores suramericanos en Francia fueron recibidos a lo largo del mes de septiembre por el Presidente, ante el cual estaban acreditados (seis de ellos recientemente). El embajador de Brasil gozará incluso del privilegio de ser recibido en dos ocasiones, en julio y en septiembre, tras la entrega de sus credenciales en mayo.

En aquella época, se pudo observar a menudo en el Elíseo a un consejero de Asuntos Exteriores, así como brillante lingüista, al que seguramente se le puede atribuir cierta responsabilidad en cuanto al acento español del General. En varios países de la América andina,  se tiene a gala hablar “castellano”; bien diferente es la situación en Argentina o en Uruguay, verbigracia. En cuanto al “brasileño”, no parece representar un obstáculo a la gran facilidad de los intercambios lingüísticos a través de Suramérica, mucho menos, en cualquier caso, que entre Portugal y España.

A su despegue de Pointe-à-Pitre, el 21 de septiembre por la mañana, el Presidente de la República había sido puntualmente informado. Sin embargo, así como su séquito le acompaña fuertemente cargado de expedientes, él, a mi parecer, confía profundamente en su instinto.

 

Venezuela

“Por primera vez en la Historia, un jefe del Estado francés se desplaza oficialmente a Suramérica”: tales son las primeras palabras pronunciadas por Charles de Gaulle a su llegada al continente. Lo son en el aeródromo de Maiquetía, en respuesta a la alocución de bienvenida del Presidente de la República de Venezuela, don Raúl Leoni, cuyo patronímico deja intuir la ascendencia francesa.

El desarrollo de la visita oficial proseguirá de acuerdo con un esquema que todavía no se nos antoja rutinario, pero que, mutatis mutandis, se reproducirá otras nueve veces en las semanas siguientes: ceremonia de bienvenida, intercambio de condecoraciones y entrega de regalos, ofrenda floral en el Panteón o en el monumento a los caídos, alocución ante el Parlamento o el Congreso, seguidos de la Universidad, encuentro vis a vis de ambos jefes del Estado, cenas solemnes con intercambio de brindis en el palacio presidencial, posteriormente en la embajada de Francia, presentación de los jefes de la misión diplomática, recepción de la colonia francesa, entrega de las llaves de la ciudad, etc.

Sin embargo, en cada país, algún detalle agradable, alguna atención particular, ponen una nota menos protocolaria en el desarrollo de la visita. Así, en Caracas, sobre la tribuna desde la que el General se dirige al Parlamento venezolano, se ha situado un busto de Georges Clémenceau. Dicha alocución, la más política pronunciada en este país, se cierra con el siguiente llamamiento: “Vinculados a los mismos principios, herederos de un pasado intelectual común, en completo acuerdo frente al futuro, Francia y Venezuela pueden y deben ampliar y profundizar sus relaciones”.

Venezuela, “pequeña Venecia”, es el único país de Suramérica completamente situado en el hemisferio norte y francamente abierto hacia el Caribe, lo que contribuye, con el Orinoco y sus enormes reservas de petróleo y de gas, a moldearle una personalidad bastante diferente a la de sus vecinos. No obstante, la Historia, en concreto la de las guerras de independencia,  así como la permeabilidad de sus fronteras, lo vinculan todavía con fuerza a estos, empezando por el más cercano: Colombia.

 

Colombia

Colombia es el único país de Suramérica bañado a la vez por el Pacífico y por el Atlántico, a pesar de la amputación del istmo de Panamá, sufrida a principios de siglo. Heredera de la gran Colombia, profesa a su fundador Bolívar un culto especialmente sincero, a la par que un firme interés por una unión económica con sus vecinos.

Precisamente por un aeródromo de nombre suntuoso, Eldorado, el general de Gaulle abordó este país claramente andino, cuya capital, Bogotá, se sitúa a más de 2.600 metros de altitud. Allí fue acogido por el Presidente Valencia, “eminente hombre de Estado, así como... Un amigo de Francia, como lo fue de hecho su padre, ínclito poeta y tan profundamente apreciado en mi país”.

Durante los encuentros personales, sin intérprete, entre los dos jefes del Estado, tuve que asumir la pesada carga de interrumpir un intercambio de opiniones aparentemente fascinante, para recordar al general de Gaulle la continuación de su agenda. Animado por el Sr. Couve de Murville, pero un tanto disuadido por el edecán colombiano, entré en el impresionante despacho presidencial del palacio San Carlos, donde todavía planea la sombra de Simón Bolívar: el monumental carillón majestuosamente situado tuvo a bien dar la hora en el momento preciso en que lo anunciaba. Tuve de hecho la satisfacción de ver cómo proseguía el encuentro durante por lo menos diez minutos.

En cuanto al edecán colombiano, tuve la ocasión de congraciarme con él gracias a una taza de café. Dicho producto es, antes incluso que la esmeralda, el orgullo de Colombia y, tal vez incluso, el símbolo de una unidad difícil de encontrar. Sin embargo, mientras ambos departíamos en francés, una secretaria propuso a mi colega una taza de café, que aceptó exclamando: “¡Soy colombiano!” Por mi parte, lo acepté afirmando: “¡Soy colombiano también!”. El café era excelente y me repuso a la perfección de mi esfuerzo lingüístico.

 

Ecuador

Ecuador debe su nombre a la misión científica enviada por la Academia de las Ciencias, en el siglo XVIII con el fin de medir un arco del meridiano. La capital, Quito (2.800 m. de altitud) está sita cerca de dicha línea simbólica, lo que permitió a la Carabela presidencial, ligeramente avanzada, franquearla un cierto número de veces, sin especial ceremonia, antes de detenerse.

Por primera vez desde su llegada a Suramérica, el general de Gaulle se dirigió, en español, a la población; lo que hará de nuevo en Lima, en Cochabamba (Bolivia), en Rancagua (Chile), en Buenos Aires, en Asunción y en Montevideo.

En Quito, desde el balcón del Palacio Nacional, habla al pueblo ecuatoriano “aislado durante largo tiempo en sus montañas... [y que] participa ahora en todas las corrientes del mundo”.

Tal vez debido a dicho aislamiento pretérito y a esta nueva participación, caída la tarde, respondiendo al brindis del almirante Castro-Jijón, aborda con la mayor de las claridades lo que será una de las cuestiones capitales de sus múltiples intervenciones: “la aparición de América Latina en el primer plano de la escena mundial”.

En el momento de la visita presidencial, el gobierno del país está en manos de una junta de cuatro oficiales: se trata de los jefes del Estado Mayor de los tres ejércitos, acompañados del comandante en jefe del ejército. Sucedieron, conjuntamente, a un personaje pintoresco, don Carlos Arosemena, y se presentan como estrictamente iguales, sin perjuicio de que sea el más veterano, el Almirante, quien presida “la Junta militar del gobierno de la República de Ecuador”. Sin embargo, y en beneficio de la concisión, el general de Gaulle hablará, dirigiéndose a ellos como “su eminente Junta”. Esta estricta paridad plantea, cierto es, algunos problemas de protocolo, de presentes y de condecoraciones, no siempre resueltos.

En este país,  “atravesado de norte a sur por la Cordillera de los Andes [y] que, por consiguiente, aúna tres países en uno solo”, la capital no es la aglomeración más populosa: cede dicho honor a la ciudad de Guayaquil, muy próxima al mar, y que nos permitirá, camino de Lima, una corta escala y una última alocución del general de Gaulle, en Ecuador.

 

Perú

Pasar revista a la guardia presidencial, en cada nueva república, ofrece un bello espectáculo: los uniformes son espléndidos y coloristas, la alineación impecable y la influencia de tal o cual tradición militar europea generalmente apreciable. Pero el resto de formaciones también disfrutan de las suyas y, no sin cierta emoción, llegan a mis oídos las palabras de un descendiente de los Incas tocado de la “bourguignotte”, el casco francés de la Primera Guerra Mundial: “Somos un pueblo muy militar”. No es el único resto de una influencia francesa en Perú que, por mi parte, subestimaba; el propio Presidente Bellaunde Terry, es un conocedor de la lengua francesa y, al parecer, de la misma Francia.

Perú, como Ecuador, se ve atravesado de norte a sur por la Cordillera y, por consiguiente, dividido él también en tres zonas: la costa, la montaña y la selva. Sin embargo, en Perú, la capital se sitúa en la zona costera, a proximidad inmediata de su puerto, El Callao, donde está amarrado, en este momento, el crucero Colbert.

Gracias al domingo (27 de septiembre), la estancia en Perú será claramente más larga que las precedentes: tres días enteros y un programa más completo a la par que más holgado. El general de Gaulle pronuncia aquí siete grandes alocuciones y vemos cómo van conformándose las diversas cuestiones, retomadas y, en su caso, adaptadas a la coyuntura política de los diferentes países visitados.

Primero, trae aquí a colación algunos recuerdos históricos precisos, compartidos por ambos países: combatientes franceses en las guerras de independencia suramericanas y combatientes suramericanos alistados en Francia durante la Primera Guerra Mundial, el papel en Francia del general Miranda, muy honrado en Venezuela, el apoyo aportado a la Francia Libre en 1940, el alborozo manifestado con la liberación de París, etc.

Menciona, en general, algunos rasgos geográficos determinantes para el país al que se dirige: la conjunción de las razas tras la conquista española, la dureza del altiplano boliviano, la apertura (de Venezuela) al mar Caribe, la influencia de la Cordillera, etc.

Menciona asimismo “las grandes ideas”, comunes, vinculando a ellas y por ellas el nombre de personajes ilustres: Voltaire y Rousseau, la Enciclopedia, la Revolución francesa; la libertad y la independencia con Bolívar, Sucre, Narno, Montalvo, etc. la igualdad y la fraternidad, los derechos humanos, su dignidad con Pasteur, así como otras muchas cuya notoriedad es tan grande en Suramérica como en Francia. 

Solo entonces, en el contexto así creado, retoma los tres puntos de su rueda de prensa del 31 de enero anterior; pero su llamamiento a la cooperación se halla aquí aderezado de precisiones, mencionando a la vez América Latina (“nuestra comunidad humana, cristiana, latina, de ideales y de sentimientos”) y Francia, que posee las capacidades técnicas del desarrollo a la par que la voluntad de entender y resultar útil, más que de dominar.

Pero mientras que la estancia en Perú se desenvuelve serenamente, nos llegan rumores inquietantes de Bolivia, donde se estaría preparando un golpe de Estado, bajo la batuta del general Barrientos, con el fin de derrocar al Presidente Paz Estenssoro, eminente figura de la vida política boliviana desde veinte años atrás. Sin embargo, siendo las cosas como son, partiremos de Lima en la fecha y a la hora previstas.

 

Bolivia

El vuelo de Lima a Cochabamba nos obliga a sobrevolar el lago Titicaca, extraño mar interior suspendido a notable altura entre Perú y Bolivia. Este último, a pesar de carecer de cualquier acceso al mar, posee por otro lado una marina “lacustre y fluvial” que me resulta muy dinámica.

La sede del gobierno boliviano, La Paz, está a 3.800 metros de altitud, lo que decantó las preferencias hacia la ciudad de Cochabamba, a solo 2.600 m., para la visita oficial del presidente francés.

Esta no pierde nada en intensidad ni en colorido: el espectáculo folclórico que sigue a la alocución en español en el balcón de la Prefectura, el entusiasmo, los mantos de flores a lo largo del recorrido en automóvil, la convierten en una auténtica fiesta. Los hombres de las fuerzas del orden, fusil en ristre, vistosa cartuchera y tocados con sombrero chambergo, nos recuerdan que no por dejar atrás Perú habíamos abandonado el país de los Incas.

Una delegación de la ciudad de Sucre, capital constitucional, ha recorrido los 370 km. que la separan de Cochabamba para saludar al general de Gaulle y entregarle una magnífica bandeja cincelada. Su recepción no está prevista, pero el general de Gaulle le dirigirá espontáneamente una alocución tan sincera que la delegación encabezada por el alcalde, de origen francés, emprenderá encantada el camino de vuelta.

No obstante, hay en Bolivia, como en otros países, personas que sin duda profesan intenciones no tan buenas hacia De Gaulle: de hecho, algunos nazis encontraron aquí refugio tras la guerra. Probablemente, es lo que aupó a don Dominique Ponchardier, resistente ejemplar y especialmente combativo, como representante de Francia. Lo cierto es que el General le muestra una “familiaridad” infrecuente y aduladora.

A lo largo de la cena oficial y de la recepción consiguiente, ofrecidas por el Presidente Estenssoro en honor de su visitante, se puede observar la presencia, perfectamente protocolaria del general Barrientos, Vicepresidente de la República. Sin embargo, los rumores que nos habían llegado el día anterior en Perú no carecían de fundamento y nos enteraremos, tres semanas después de nuestra vuelta a Francia, que este había sucedido al Sr. Paz Estenssoro, retirado a Perú, pero que retornará de este tercer exilio, para retomar una última vez las riendas de su país, el país del estaño.

 

Chile

Dos órdenes nacionales suramericanas enarbolan como símbolo el cóndor de los Andes: la de Bolivia, que toma su nombre de la enorme rapaz (“Orden del Cóndor de los Andes”) y la de Chile, que solo toma prestada su imagen. Por supuesto, habremos de sobrevolar los Andes para pasar de un país a otro.

El puerto de Arica, donde desembarcamos, está situado en el extremo septentrional de Chile, en la provincia de Antofogasta que, desde finales del siglo pasado, priva a Bolivia de toda salida al mar.

Ahí es donde nos espera el Colbert, y es a bordo de dicho navío donde va a proseguirse el periplo de América Latina hasta su inolvidable llegada a Valparaíso, desplazándonos 14 grados y medio al sur. Ya tuve ocasión de narrar en la revista Espoir esta parte del viaje y, en lugar de reiterarlo, remito a ella al lector indulgente, y retomo mi relato en el momento (1º de octubre de 1964, a las 10 h.) en que el general de Gaulle es recibido por el Presidente de la República chilena, don Jorge Alessandri (no en el aeródromo, como se indica en el volumen III de los Discursos y Mensajes, sino en el muelle Prat).

En su réplica a la alocución de bienvenida, el General “se congratula de poder expresarse ante sus marinos, cuyos predecesores desempeñaron un papel tan glorioso en la emancipación de su patria y que hoy contribuyen a su protección”. Tras las ceremonias propias de la cuidad de Valparaíso, los dos jefes del Estado y sus respectivos séquitos se desplazan a Santiago, en automóvil. Se realizará un segundo trayecto en automóvil de cierta importancia (80 km.) al día siguiente para dirigirse a Rancagua, donde tienen lugar relevantes ceremonias, entre ellas, un desfile de tropas, un espectáculo folclórico y una ofrenda floral en el monumento de O'Higgins, héroe de la independencia chilena. Asimismo, en el estadio de Rancagua, el General se dirige en español a la muchedumbre.

En suma, el presidente francés habrá visitado cuatro ciudades chilenas (Arica, Valparaíso, Santiago y Rancagua) y pronunciado al menos ocho alocuciones.

No resulta sorprendente que se den ciertas particularidades. Ante el Congreso, reunido en Santiago, Chile es situada “en la primera fila de las naciones democráticas del continente latinoamericano”; por otro lado, el general de Gaulle ha mantenido ya un encuentro, en el momento en que habla, con don Eduardo Frei, Presidente electo (con un avance considerable de su adversario directo, Allende).

Además, recuerda que “Francia fue... la primera potencia europea en reconocer, desde 1831, el naciente Estado de Chile”. Dejando el país, unos 130 años más tarde, no habremos sino acariciado esta interminable franja costera, aislada del interior por los Andes y que se estiliza hasta el cabo de Hornos.

 

Argentina

El 3 de octubre por la mañana, el general de Gaulle y su séquito (“la comitiva”) dejan el flanco pacífico de los Andes hacia las regiones de los grandes ríos y del Atlántico. No es que Argentina no sea andina: su territorio incluye una importante parte de la Cordillera y el monte Aconcagua la culmina con casi 7.000 metros, pero no es solo andina y no es allí donde se aglomera la mayor parte de la población, muy europea, de este inmenso país con prolongaciones antárticas.

Un nuevo domingo nos permitirá, como lo hizo en Perú la semana anterior, una estancia algo más extensa que en otros lugares, pero siempre densa. El Dr. Arturo Illia, “Presidente de la Nación argentina” es el encargado de recibir al presidente francés.

La oposición peronista, muy organizada, aprovecha la ocasión de diferentes ceremonias públicas para manifestarse alborotadamente a los gritos cadenciosos de “Degol-Perón”, haciendo caso omiso de cualquier diplomacia. En Córdoba, este tipo de manifestación llega incluso a degenerar en cierta medida durante la visita de la fábrica IKA (que produce vehículos Renault) y, en el trayecto hacia el palacio de Justicia donde está previsto el almuerzo, se oye un tiroteo, suficientemente estentóreo como para que, en su brindis, el general de Gaulle se quede deliberadamente corto al calificar la bienvenida de “animada” o “vivaz” (no puedo asegurar la palabra exacta, pero sí el recurso estilístico).

Durante dicho almuerzo, me encuentro situado junto al cónsul de Italia, que conoció a Malraux durante la guerra de España; a duras penas logra reconocer la figura oficial que le retrato, sentado a la derecha del Presidente de la República, cada miércoles en el Consejo de ministros, o trabajando en su despacho, en los jardines del Palacio Real.

Pero volvamos a Buenos Aires, que recuerda agradablemente a una gran urbe del sur de Europa. El General y la señora de Gaulle están alojados, con una reducida parte del séquito (entre ellos mi colega Lurin), en la residencia Martínez sobre el Río de la Plata. En cuanto a mí, estoy en “La Lanterne”, copia del castillo de Saint-Cloud, puesto a nuestra disposición por la muy francófila señora Bemberg.

La nota folclórica de la estancia la pone la visita de una estancia, con asado de buey, según la tradición de los gauchos.

El paso por Argentina dura lo suficiente como para permitir a la prensa acuñar el neologismo “degolitos”, formado por analogía con “futbolitos”: pequeñas noticias del mundo del fútbol. La sección “degolitos” alimentará durante algunos días el vivísimo interés del público argentino por todas las cuestiones derivadas de la visita oficial.

 

Paraguay

El viaje presidencial prosigue mediante vuelo directo de Córdoba a Asunción, el 6 de octubre.

La capital de Paraguay se asienta sobre el río epónimo que, curso arriba, forma frontera con Argentina. Alejado de todo mar, Paraguay se encuentra así abierto a la navegación marítima por el Paraná que, a su vez, desemboca en el Río de la Plata.

En este país, marcado todavía por la Guerra del Chaco, que en los años treinta lo enfrentó de forma muy sangrienta con Bolivia, conflicto en el que participó como joven teniente el Presidente Stroessner, las fuerzas armadas juegan un papel aplastante en el ámbito político. El general Arturo Stroessner hizo toda su carrera en el ejército, antes de su golpe de Estado de 1954.

A pesar de su nombre y de su porte, muy germánicos, es un típico producto del país y, por la tarde, desde el balcón del palacio de Gobierno, se dirigirá a las masas con las palabras de “Pueblo guaraní”; y cierto es que dicha lengua distingue mejor a los paraguayos del resto de pueblos de Suramérica.

Al día siguiente, el desfile militar nos mostrará, entre otras formaciones, una sección de jóvenes oficiales de marina, al paso de la oca. Dicho desfile sigue al “de la juventud”, signo probable de las preocupaciones demográficas de un país sangrado por los cuatro costados por la guerra contra la Triple Alianza (Brasil, Argentina, Uruguay) en 1870, y posteriormente -en menor grado- por la del Chaco.

El 8 de octubre, por la mañana, la Carabela presidencial alza el vuelo hacia Uruguay; ¡tan diferente vecino!

 

Uruguay

Aterrizamos en Montevideo el día 8 a última hora de la mañana. En el aeródromo de Carrasco nos esperan, además de las autoridades habituales, una delegación de voluntarios uruguayos, en la Francia Libre (hube 91 en total). Tendremos el gusto de verlos de nuevo al día siguiente, en la Embajada, donde ofrecerán como presente al General un látigo de gaucho. Se trata de una larga pieza de cuero, cuadrada, con un corto mango metálico; en la caja, una placa grabada exhibe la siguiente frase: “A los enemigos de Francia, fustíguelos con fuerza, mi General”.

En el ínterin, y todavía en el aeródromo, reciben el saludo del General y de su anfitrión, don Luis Giannattasio, Presidente del Consejo Nacional del Gobierno de la “República Oriental del Uruguay”.

Es el nombre completo del país, cuyo reducido territorio se encuentra de hecho completamente al este de su río epónimo, encajado entre los dos gigantes que la geografía y, más aún, la historia, han dispuesto como vecinos: Argentina y Brasil.

En cuanto al Consejo Nacional del Gobierno, cuenta con nueve miembros, seis de la mayoría y tres de la oposición, que lo presiden uno por uno en turnos anuales. Tuve el privilegio de asistir a los encuentros del general de Gaulle con el conjunto de los nueve miembros, reunidos bajo la presidencia del Sr. Giannattasio. Este siguió en funciones, como previsto, hasta el xx de marzo de 1965, lo que brindará la oportunidad de coincidir de nuevo con él en el palacio de Buckingham, con ocasión de las exequias de Churchill y recordarle, con reconocimiento, la indeleble bienvenida de Montevideo al general de Gaulle.

Aquel recibimiento fue efectivamente inolvidable y marcado, al mismo tiempo que por las atenciones del gobierno, por un entusiasmo popular del que la siguiente anécdota da buena cuenta. Cuando el automóvil donde viajaban los dos presidentes rodaba lentamente en la ciudad, una joven, esquivando al servicio de seguridad, se abalanzó sobre ellos, con un objeto indeterminado en ristre; sentado delante, logré agarrarle la muñeca e identificar un rollo de papel de dibujo, que me entregó con gusto: se trataba de un retrato del General que los dos presidentes admiraron con una sonrisa en los labios.

Mientras tanto, el Colbert, navegando desde el Pacífico al Atlántico a través del estrecho de Magallanes, se unió a nosotros en Montevideo y precisamente a bordo de este crucero será como alcancemos Río de Janeiro.

Precisamente, en el dique en escollera, lugar de amarre, se desarrolla la ceremonia de despedida. Los presidentes circulan lentamente en coche ante el crucero, honrados por los reglamentarios saludos con vivas. Todos los buques de guerra lucen el conjunto de sus pabellones izados, en concreto, en los escoltas Uruguay y Artigas, que esperan al Colbert en el antepuerto. Se interpretan los himnos nacionales, se pasa revista a las tropas. A las 12.30 h., el general de Gaulle embarca. Para la travesía, me permito de nuevo remitir al comprensivo lector al relato de la parte marítima del periplo, publicada en la revista Espoir.

 

Brasil

Tres días de navegación separan Río de Janeiro de Montevideo, pero mucho más que eso separan a Brasil de Uruguay.

La lengua, ya lo he mencionado, no resulta una barrera tal y como lo imaginamos en Europa. El uso del francés está de hecho bastante extendido en los medios cultos. Sin embargo, el portugués es el testigo de una larga historia, distinta de la de otros países de América Latina, y el “brasileño” un signo de unidad para este subcontinente. Pero más allá del idioma, es su dimensión lo que distingue a Brasil del resto.

Su territorio cubre la mitad de Suramérica. Salvo Chile y Ecuador, todos los países que la componen (incluidas las tres Guayanas) comparten frontera con Brasil.

En realidad, es su cifra de población lo que más impresiona: 80 millones aproximadamente en el momento de la visita, tal vez 170 hoy en día, en crecimiento constante. ¿No se encuentra en esta baza la perspectiva para Brasil de convertirse, en un futuro indeterminado, en uno de los grandes actores de la política mundial?

A decir verdad, los problemas que la acucian están a la altura de su territorio y de su demografía.

La ceremonia de llegada a Río se desarrolla sobre el muelle de honor del ministerio de la Marina, donde el mariscal Castelo Branco, “Presidente de la República de los Estados Unidos del Brasil”, recibe al general de Gaulle.

Branco es bajito y, mejor que de pie, resulta más adecuado observar a los dos hombres sentados, uno junto al otro. Se formó en la Escuela de Guerra francesa (“Conoce usted bien la nación en nombre de la cual tengo el honor de visitarlo”), estuvo al mando de un regimiento en Italia en 1943, “de nuestro lado” y, finalmente, posee visiones políticas precisas sobre el mundo. No coinciden exactamente con las del General, pero el peso geopolítico de Brasil es tal que, nolens volens, este debería poder escapar a la división del mundo en dos bloques.

Sea como fuere, ambos presidentes se dirigen, el 13 de octubre de 1964, a mediodía, hacia el aeródromo Santos-Dumont, donde el avión presidencial brasileño despega hacia Brasilia, capital federal desde 1960. El desplazamiento de la capital, Río, hacia el interior ya tuvo lugar en 1789, fue inscrito en la Constitución en 1890 y sigue siendo para los brasileños tema inagotable de conversación.

La arquitectura del lugar es audaz y llevada al gigantismo. El palacio de la Alvorada, donde se aloja el general de Gaulle no escapa a la regla. Yo mismo disfruto de una habitación impresionante, con una bañera del tamaño de una piscina; el inconveniente es que mi horario tan apretado no me deja tiempo para llenarla. Esto me cambia de la geopolítica.

Sin embargo, en Brasilia, nunca se está muy alejado y partiré hacia São Paulo, y luego a Río, las dos grandes rivales costeras, convencido de que la elección, política y económica de la nueva capital de Brasil es un signo decisivo en cuanto al futuro y a las ambiciones del país. El general de Gaulle dirá, ante el Senado y la Cámara, reunidas en Congreso: “0 Brasil e uma terra que em se plantando tudo da” (Brasil es una tierra donde crece todo lo que se planta).

En São Paulo, el Presidente francés es acogido por el gobernador del Estado y figura eminente de la vida política brasileña, Adhémar de Barros, admirador de la lengua francesa, entre otras. La instalación en el palacio de los Campos Elíseos y la cena en el Jockey-club, durante la cual se corre el Grand-Prix de París, nos ofrece una visión de lo que ha sido y todavía es la vida de la ciudad; pero son, al día siguiente, la visita de COSIPA (Companhia Siderúrgica Paulista) y la parada en la fábrica Simca, las que nos permitirán medir la importancia de esta formidable concentración industrial.

Al día siguiente, el 15 de octubre, la Carabela nos devuelve a la antigua capital, donde nos espera el Colbert, a bordo del cual se ofrecerá la cena en honor al Presidente Castelo Branco.

Finalmente, el día 16, el general de Gaulle y su comitiva retornan a París mediante un vuelo sin escalas de 11 horas y media. El periplo ha concluido.

 

Culminado el periplo, es hora de sacar conclusiones.

El éxito popular se hace patente por doquier. Resulta innegable y los detractores no perderán ocasión de atribuirlo al prestigio del antiguo jefe de la Francia Libre y no a la política del fundador de la Quinta República.

Cierto es que hubo, en 1940 y en los años siguientes, un florecimiento extraordinario de sentimientos a nuestro favor: se calcula que de los 400 “comités de la Francia Libre” que muy a menudo nos servían de representantes en el extranjero, 300 surgieron en América Latina. Y ello estaba sin duda grabado en la memoria del general de Gaulle.

Es cierto que en América Latina, la palabra “libre” resuena con fuerza: los grandes hombres, Bolívar, San Martín, Artigas, O'Higgins, Sucre, Miranda y el resto, son considerados “libertadores”, es decir, que encabezaron las luchas por la “independencia”, otra palabra mágica. Sin embargo, la descolonización francesa, tal y como la llevó a cabo De Gaulle a partir de 1958, es probablemente percibida por las masas suramericanas con la misma óptica.

Tratándose de independencia, no cabe ignorar el hecho de que la influencia de los Estados Unidos a menudo era percibida por las poblaciones como excesiva. Seguramente albergan en su fuero interno, en 1964, una muy amplia variedad de sentimientos, pero no faltaba un cierto empeño en preservar su especificidad e incluso su dignidad. ¿Acaso, De Gaulle, al ir a visitarlas, no les proyectaba la imagen de un hombre y de un pueblo que sabían mantener tanto una como la otra?

Finalmente, una última causa del éxito popular de la visita debe atribuirse a la imagen de Francia anterior al periodo del General. Se trata de la herencia de las revoluciones francesas; se trata, más aún, de la influencia intelectual, política y artística ejercida en el siglo yy: Francia era entonces un faro que marcaba el camino en el ámbito de las artes, de las ciencias, de la literatura y, más ampliamente, de las ideas; Víctor Hugo, Pasteur... son nombres populares en América Latina. Se trata también de la Primera Guerra Mundial y de los éxitos de la industria francesa.

De Gaulle recurrió a todo ello en sus alocuciones, teniendo presente a la vez que la atracción por la herencia europea, y en concreto francesa, estaba probablemente más extendida en ciertos medios cultos y ciertamente más en algunos países como Uruguay,  Argentina, Brasil, etc., que en otros.

El impacto sobre los Estados del viaje presidencial resulta más difícil de medir que el éxito popular, a pesar de que este contribuya a aquel. Pero de los cuatro supuestos motivos de las reacciones populares, el que se observa con más fuerza y mayor actualidad en el seno de las autoridades políticas es el de la influencia ejercida por los Estados Unidos.

Se ha sugerido que el periplo de Suramérica tenía por objeto arrancar a esta de la órbita “estadounidense”. Charles de Gaulle fue un hombre de Estado demasiado realista, y demasiado consciente del peso de la geografía, para haber podido plantearse en algún momento tal resultado.

Por el contrario, ofrecer una cooperación política con vistas a diversificar y a enriquecer las relaciones entre Estados, con vistas asimismo a rebajar la tensión entre los bloques, en favor de la paz, le pareció razonable.

Ofrecer al resto una cooperación económica de igual a igual, cuando las fronteras se abren progresivamente a los intercambios comerciales y las comunicaciones de todo tipo se aceleran, cuadra a la perfección con la evolución del mundo tal y como Charles de Gaulle la prevé (¡y tal y como confirmará el futuro!).

Dichas ofertas son percibidas de forma diferente ya que están hechas a entidades políticas muy diferentes, desde muchos aspectos. Ecuador no puede recibirlas como Brasil, ni la junta ecuatoriana como el castrista que la precedió, ni el mariscal Castelo Branco como el partidario del régimen parlamentario que acaba de derrocar.

Sin embargo, en muchos gobiernos, incluso convencidos del papel, positivo en cierta medida, jugado por los Estados Unidos, existe el deseo de un margen de maniobra frente a este, así como el empeño en pos de un equilibrio del mundo un poco menos peligroso.

¿Acaso este deseo y este empeño no son aquellos que De Gaulle manifiesta con su política? ¿Acaso su voluntad, su comportamiento a este respecto, no son ejemplares?

En cuanto al derecho de Francia de mantener con cada uno de ellos relaciones más estrechas, e incluso privilegiadas en tal o cual materia, ninguno de los gobiernos visitados lo pone en duda. Del lado francés, naturalmente, este derecho cae por su propio peso y cuando De Gaulle habla de independencia, lo hace en términos diplomáticos, sin reticencia y sin provocación. Es lo que acaba de hacer unos meses antes en México, a las puertas de los Estados Unidos, y lo que hará algunos años más tarde en Polonia y en Rumanía, a las puertas del Imperio Soviético.

Llega el momento, para un edecán que la ha recorrido de un cabo al otro, de lanzarse a una visión de conjunto sobre el periplo de Suramérica del general de Gaulle.

Dicho periplo se me antoja como uno de los signos más espectaculares de un proyecto que no arranca ni se detiene con él y que se extiende geográficamente mucho más allá.

El objeto consiste en crear, ampliar o reforzar la cooperación económica, científica, política... de Francia con los países donde el General intuye su próximo desarrollo y su mayor papel en el mundo; pero es cierto que América Latina ocupa, a este respecto, un lugar esencial a sus ojos.

La expresión “América Latina” condensa, en sí misma, toda una gama de afinidades.  En 1964, De Gaulle la transforma en un llamamiento a la solidaridad, llamamiento que pareció entonces escuchado por los gobiernos y los pueblos y que, 34 años después, sigue dando sus frutos.