La política económica de Francia bajo la presidencia del general de Gaulle (1958 a 1968)

Charles de Gaulle, 7 de junio de 1940

A su retorno al poder, en 1958, el general de Gaulle se siente naturalmente preocupado por afianzar la independencia de Francia, que no puede ser efectiva si el país se sigue viendo dependiente del dinero ajeno.

Por lo tanto, el general de Gaulle considera respetar, en el desarrollo de la política económica, los principios de una gestión rigurosa: apoyar el esfuerzo frente a la facilidad, no gastar más de lo que se tiene, prever tanto como sea posible los gastos venideros... Todas estas reglas de vida “doméstica” se trasladan espontáneamente al plano macroeconómico.

Garantizar el voto del presupuesto en tiempo útil, proyectar a varios años vista los compromisos en el marco de leyes-programas, limitar el déficit presupuestario con vistas a suprimirlo, favorecer las financiaciones basadas en un ahorro a largo plazo y evitar las facilidades de creación monetaria, destacan entre los propósitos adoptados en 1958 con el fin de poner coto a prácticas toleradas durante demasiado tiempo.

De hecho, el plan de estabilización de 1958 es, en primer lugar, una “operación de veracidad”. Supone, para poder dar sus frutos, un respeto duradero de los grandes equilibrios.

El plan de 1958, una “operación de veracidad”

Si tiene consecuencias mayores en el ámbito de las relaciones exteriores -devaluación, liberación de los intercambios, entrada en el Mercado Común- el plan de 1958 deriva, ante todo, de una preocupación por la veracidad de los precios.

La supresión de las indexaciones y la disminución masiva de las subvenciones que permite reducir el déficit presupuestario, abocan a la definición de un nuevo nivel de precios y de un nuevo equilibrio precios/salarios. En la época, el papel del Estado en dicha definición resulta todavía primordial. Las subidas de salarios en la SNCF, RATP, EDF-GDF y otras empresas públicas se verán así estrictamente limitadas. Se insta encarecidamente al CNPF [Consejo Nacional de la Patronal Francesa] a respetar dichas directrices en las empresas privadas. El alza de los precios industriales, que todavía no han sido liberalizados, se verá limitada.

Este nuevo equilibrio conduce a una devaluación bastante marcada. Tras las diversas medidas más o menos oficiales de depreciación del franco acaecidas en 1957, el general de Gaulle, desde junio de 1958, había establecido oficialmente una paridad de 420 francos por dólar. En diciembre de 1958, la devaluación del 17% arroja una cotización de 4,93 nuevos francos.

La elección de esta nueva paridad va a permitir un rápido retorno al equilibrio de la balanza de pagos, la reconstitución de las reservas de oro y de divisas así como el rembolso acelerado de la deuda externa. Todo ello sitúa a Francia en posición de tomar varias decisiones capitales:

- el respeto de los compromisos de liberalización de los intercambios (90%) en el marco de la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE). Sin embargo, Francia, invocando cláusulas de salvaguarda, había vuelto en 1957 a un sistema generalizado de cupos;

- el paso a la convertibilidad externa del franco el 1º de enero de 1959. De hecho, esta fecha fue elegida para la disolución de la Unión Europea de Pagos y la vuelta a la convertibilidad de las monedas europeas, al menos para los pagos corrientes;  

- la implementación del Tratado de Roma, firmado el 27 de marzo de 1957, y cuyas disposiciones aduaneras y relativas a contingentes deben entrar en vigor en esa misma fecha del 1º de enero de 1959. Se trata:

- de la desaparición integral, al término de un periodo transitorio bastante breve, de las restricciones cuantitativas (contingentes y licencias de importación);

- de la creación de una tarifa exterior común, en contrapartida a la disminución progresiva, seguida de la eliminación, de los derechos de aduana en el interior de la Comunidad.

Eran muchos los que, en Francia, como en otros países socios, sabiendo que el general de Gaulle se había mostrado poco proclive al Tratado de Roma, dudaban de que aceptase su aplicación.

La decisión de abrir así, de par en par, la economía francesa es, sin lugar a dudas, junto a la aprobación de la Constitución de la Quinta República, el acontecimiento más importante de finales de 1958.

El respeto de los grandes equilibrios

Para ser plenamente eficaces, las medidas tomadas en el marco del plan de reforma de 1958 deben encontrar su prolongación en una acción sostenida, en todos los ámbitos de la política económica.

El equilibrio precios/salarios deberá ser objeto de una atención constante. Desde finales de 1959, se manifiestan algunas tensiones, en concreto, con ciertos productos alimentarios. Se agravan en 1962 y 1963, bajo el efecto del fuerte crecimiento de la demanda interna, debido a la repatriación rápida hacia la Metrópolis de más de un millón de franceses de Argelia. El plan de estabilización de septiembre de 1963, que pudo considerarse un poco tardío, se esfuerza por remediarlo. Asimismo, tras la huelga de los mineros del invierno de 1962-1963, el nombramiento de un Comité de “sabios”, seguido de la convocatoria de la “Conferencia de los ingresos”, atestiguan esa misma preocupación de evitar en la medida de lo posible las derivas en cuestión de salarios y de costes.

En materia de finanzas públicas, el déficit presupuestario queda prohibido y se contiene seriamente la necesidad de financiación global, incluidas las operaciones del Tesoro, generalmente denominadas “de paralización [impasse]”. Mientras que a finales de la Cuarta República, el déficit presupuestario como tal alcanzaba el 20 % del importe de gastos y un 5,7% del PIB, el saneamiento ya lanzado en 1957 proseguirá sin descanso hasta la vuelta al equilibrio, alcanzado en 1964; el déficit, a lo largo de los años en que todavía subsistía, se mantuvo por debajo del 2% del PIB.

En cuanto a las operaciones del Tesoro, la limitación del “impasse” a una cifra de 6 a 7 mil millones de francos se convertirá en una especie de dogma, a pesar de que los debates, todavía inspirados en un enfoque keynesiano, se centraban en 1967 en la posibilidad de flexibilizarlo.

En su conjunto, las finanzas de las administraciones y las de la Seguridad Social, gracias a un control eficaz de los gastos, seguían igualmente en equilibrio.

La política de crédito parece quedar un tanto apartada del movimiento de reformas, y no será hasta finales del periodo, de acuerdo con las conclusiones del informe de un grupo de expertos animado por Olivier Wormser, futuro gobernador del Banco de Francia, cuando se aporten modificaciones a las modalidades de intervenciones del instituto de emisión. Sin embargo, en una estructura que en la época dejaba ciertamente poco lugar a la competencia, la política financiera no carecía de eficacia. Sometidos frecuentemente a un marco bastante estricto, el apoyo de los bancos a la economía y al Tesoro no podía ser objeto de refinanciación ante el Banco Central sino a través de filtros bastante eficaces: techos de descuentos, coeficientes de tesorería que imponían el mantenimiento de una cartera mínima de bonos del Tesoro, etc. Control eficaz del acceso al redescuento de los créditos a medio plazo vía establecimientos especializados; crédito nacional para los créditos a la industria; crédito hipotecario para los créditos a la vivienda; Banco Francés de Comercio Exterior para los créditos a la exportación, etc.

En suma, durante la década revisada, las diversas armas de la política económica se emplearon con eficacia. Los resultados son satisfactorios; brillantes en cuanto a crecimiento; más matizados en cuanto a control de la inflación.

Los acontecimientos de mayo de 1969 y sus consecuencias económicas (alza de los precios y de los salarios; crisis de confianza) vendrán a alterar profundamente dichos equilibrios.