La política del general de Gaulle en América Latina

Autor: Raymond OFFROY
Artículo publicado en Espoir n°61, 1987, bajo el título "De Gaulle et l'Amérique latine"

 

La política del general de Gaulle en América Latina reviste un carácter particular. En la mayoría de los casos, el Hombre del 18 de junio puso en práctica una política en consonancia con análisis que había realizado antes de asumir la dirección del gobierno de Francia. En lo que respecta a América Latina, fue más bien el conjunto de las poblaciones de este subcontinente el que se acercó a él.

De hecho, no parece que de Gaulle se hubiese interesado realmente por este problema antes de 1962; a este respecto, tenía una impresión general, por supuesto, como cualquier hombre cultivado, impresión que reforzaba la importancia que le otorgaba a la herencia de la latinidad, pero nunca había llegado a precisar las modalidades de la acción que Francia podría llevar a cabo en América Latina.

Sin lugar a dudas, dichos países habían captado su atención cuando vio cómo se desarrollaban los comités de la Francia libre. De los 400 comités que se formaron entonces en el mundo para apoyar su acción, 300 se encontraban en América Latina. Me había encargado en Londres de la coordinación de estas diferentes agrupaciones y, en numerosas ocasiones, tuve la oportunidad de abordar con él los problemas que se planteaban en aquella parte del mundo; recibía con satisfacción los mensajes de simpatía y de apoyo que llegaban del otro lado del Atlántico y, a menudo, nos veíamos obligados a consultar el mapa para poder situar tal o cual municipio que le animaba a proseguir con su obra salvadora; pero se trataba de episodios aislados, piezas sueltas con las que todavía no había construido el puzle.

En la conversación que mantuve con él en 1962 antes de partir hacia México, le recordé dichos testimonios, releyéndole, a modo de ejemplo, un mensaje recibido de Perú en 1942 y que decía así: “Los que suscriben, peruanos y franceses. Considerando que Perú debe a la Nación francesa no solo los fundamentos de su organización política y las bases de la vida social, sino también el espíritu de su cultura, los ideales de su sociedad y los principios de su educación y que, con vistas a enriquecer y hacer más rigurosa la personalidad peruana resulta deseable aprovechar dicha herencia e incrementar dicha influencia.
Considerando que para los peruanos no existe más que una sola Francia, la Francia combatiente.

Los que suscriben, peruanos y franceses, deciden fundar una agrupación que, bajo el nombre de Asociación cultural franco-peruana, se dedicará a fortalecer y a multiplicar los vínculos intelectuales y espirituales que unen a Perú y a Francia, así como a desarrollar la cultura francesa en el seno de la nación peruana.

Acuerdan así solicitar al delegado del Comité Nacional francés que asuma la presidencia de honor de dicha asociación”. Este mensaje, proclamado y difundido en Lima el 23 de noviembre de 1942 por el doctor Manuel Beltram, director de la Escuela de Bellas Artes, profesor de Letras en la Universidad de Lima y presidente de dicha asociación, constituye el leitmotiv de la conversación que mantengo con el general de Gaulle en 1962, cuando me recibe antes de mi partida hacia México, de acuerdo con la costumbre que establece que el presidente de la República conceda una audiencia a un embajador que va a ocupar su puesto. Subrayo que si Francia goza siempre en América Latina de un gran capital de simpatía, él, por su parte, posee bazas excepcionales. Precisamente gracias a él eclosionaron todos aquellos sentimientos pro-franceses durante la guerra; es el hombre que se atrevió a decir no a Roosevelt, y a oponerse a sus decisiones, así como a la voluntad del poderoso presidente de los Estados Unidos. Finalmente, a pesar de la precariedad de los medios a su disposición, fue él quien venció y consiguió restablecer la posición de Francia. Frente a todos estos países que soportan más o menos bien la tutela de Washington, él es el hombre que personifica esta voluntad, esta capacidad de independencia.

Mi discurso tenía un objetivo: deseaba intentar obtener una modificación de las consignas del quai d’Orsay, ya que antes de ser recibido por el general de Gaulle, había estado recibiendo las directrices del Ministerio de Asuntos Exteriores. En aquel momento, había tres problemas que se planteaban en lo referente a nuestras relaciones con México; el primero era que dicho país deseaba obtener créditos para su política de recuperación económica; el segundo, que los mexicanos solicitaban que se les devolviesen las tres banderas que habían sido arrebatadas por el ejército de Bazaine durante la campaña de 1864; querían finalmente que su presidente fuese oficialmente invitado a venir a Francia en visita de Estado. Ante estas tres cuestiones, el quai d'Orsay me había indicado que respondiese NO: no a los créditos, no a las banderas y no a la invitación.

Comuniqué mi cuita al general de Gaulle; si el objetivo es llevar a cabo una gran política en América Latina, responder a México con una triple negativa era arriesgarse a lastrar la misión que se me había encomendado. El General no reaccionó en aquel momento; cabe señalar que estábamos entonces en abril de 1962; los acuerdos de Evian acababan de firmarse y, visiblemente, toda su atención se concentraba en el remate necesario, pero costoso, de la cuestión argelina.

En los primeros meses de mi cometido, tuve por lo tanto que contentarme con el magnífico mensaje enviado por Víctor Hugo a Juárez en el momento de la campaña de México y en el que nuestro ínclito poeta declaraba: “si sois vencidos, compartiréis mi solidaridad de proscrito; si sois vencedores, compartiréis mi fraternidad de hombre libre”.

En septiembre de 1962, Jean Chauvel, que había sido enviado en misión por el quai d’Orsay, llega a México y le indico que teníamos prevista al mes siguiente una exposición francesa, y que los mexicanos iban a solicitarnos de nuevo créditos; un rechazo total por nuestra parte haría muy mal efecto. Chauvel me responde: “la política de Couve de Murville es rigurosa y negativa en este punto; solo puedo confirmársela”. Un mes después, Valéry Giscard d’Estaing llega en calidad de ministro de Finanzas para inaugurar la exposición francesa; le expongo de nuevo mi queja y, para mi gran sorpresa, recibo como respuesta: “estoy de acuerdo, vamos a conceder los créditos”. Pero, respondí yo, mi ministro no comparte mi enfoque. No tiene importancia, me responde Giscard d’Estaing.

Se cierra un acuerdo con el ministro mexicano de finanzas y Francia concede, de hecho, un crédito de varios millones de dólares a un tipo de interés blando.

Creo que si Giscard d'Estaing tomó esta decisión es porque recibió, previamente, el beneplácito del jefe del Estado; de hecho, un mes más tarde, recibo un telegrama indicando que debía invitar al Sr. López Mateos, presidente de México, a realizar una visita oficial a Francia. Dicha visita tuvo lugar en marzo de 1963 y de Gaulle comenzó a expresar sus puntos de vista sobre América Latina en el brindis, muy brillante, pronunciado en la cena oficial del Elíseo.

Pero fue en su rueda de prensa de enero de 1964 cuando va a formular realmente su política en América Latina. Anteriormente, me hizo saber que aceptaba la invitación que le había enviado López Mateos para desplazarse a su vez a México. Cuando este último vino a París, el General había destacado que era la primera vez que un jefe de Estado mexicano pisaba suelo francés en visita oficial; asimismo, subrayará, en enero de 1964, que su siguiente viaje a México representará la primera visita oficial de un jefe de Estado francés a América Latina.

Indica entonces que es necesario incluir los Estados de América Latina en la categoría de los países a los que conviene ayudar, concederles un cierto apoyo económico y financiero, dentro de los límites de nuestros propios recursos; anhela sobre todo una política de cooperación y, en el ámbito político, insiste en la necesidad de estimular a los diversos países de América Latina a combatir las ideologías y las hegemonías que amenazan su independencia real.

Algunos meses más tarde, con ocasión de los viajes que va a realizar primero a México y después a Suramérica, desarrollará, ampliará e ilustrará las bases sobre las que debe sustentarse la política de Francia en América Latina.

Si se toma el conjunto de las declaraciones del general de Gaulle durante este año de 1964, cabe articular en tres apartados los grandes temas que va a definir. El primer objetivo consiste en estrechar los vínculos entre América Latina y Francia. Menciona antiguos recuerdos históricos, hablando tanto de Juárez o de Hidalgo en México, como de Bolívar en Venezuela, de San Martín en Perú o en Argentina. En Venezuela, traerá a colación asimismo el recuerdo del general Miranda, del que mencionará que tiene su nombre grabado en el Arco de Triunfo, ya que este venezolano había sido general en el ejército francés. En suma, esboza recuerdos históricos con vistas a estrechar los vínculos y a resaltar la comunidad que comparten los países de América Latina y Francia. Habla también de los acontecimientos más recientes, tales como la participación de las tropas brasileñas en la Primera Guerra Mundial o la acción de los comités de la Francia libre durante la Segunda.

Subraya que tenemos ideales comunes y que va a desarrollarlos en todos los países de América Latina. Compartimos ideas en lo referente al apego a las nociones de independencia, de libertad y de paz, la defensa de los derechos humanos, el derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos, la ayuda a los países insuficientemente desarrollados; salta a la vista que dicha convergencia de la razón y del corazón debe dictar una política: dicha política es la del acercamiento entre Francia y América Latina.

La segunda cuestión aborda procedimientos necesarios para hacer efectivo ese acercamiento. El presidente de la República habla a todas luces de la ayuda económica y financiera que podemos aportar, pero también se muestra bastante prudente en este punto, ya que conoce los límites de nuestras posibilidades paralelamente a la amplitud de nuestros compromisos en el resto del mundo y, en concreto, en el África francófona. Sin embargo, dirá a los mexicanos que podemos ayudarlos suficientemente para que no se vean obligados a disponer de una sola fuente de financiación para el conjunto de sus inversiones. Pero sobre todo va hablar del desarrollo de la cooperación. Expone el papel aglutinante de Francia en Europa; es el momento, de hecho, en que se acaban de firmar los primeros acuerdos sobre el Mercado Agrícola Común; tiene la impresión de que Europa avanza y podrá desarrollarse. En este ámbito, va a anunciar durante su viaje medidas nuevas sobre el aumento de las becas, y lo que él llama la ósmosis de las mentalidades y las actividades, o el desarrollo del trabajo en común; Francia debe a este respecto arrastrar a Europa con vistas a que dicha cooperación alcance todo su calado.

El tercer punto de su doctrina para América Latina es más arriesgado. Considera que, teniendo en cuenta lo que él representa y lo que es Francia, así como la solera de nuestra latinidad y civilización, estamos en disposición de dar consejos a los jóvenes Estados, así como a los gobiernos de dicho subcontinente.

Primero, afirma, estos deben gobernar para el pueblo y por el pueblo; insistirá en esta cuestión de la restauración de la democracia que no estaba tan extendida en 1964, en América Latina, en concreto.

Va a indicar que conviene luchar contra las desigualdades sociales, lograr que las riquezas del país no aprovechen solo a algunas oligarquías interiores o extranjeras, velar para que dichos recursos se repartan entre todos los ciudadanos. Es necesario, añadirá, luchar contra la miseria, la ignorancia, el desempleo, garantizar por doquier el respeto de los derechos humanos y de la soberanía popular.

El segundo consejo que dará a estos países consiste en llevar a cabo reagrupaciones regionales siguiendo el ejemplo de lo que se intenta hacer en Europa. Alimenta a este respecto ilusiones; en su encuentro con López Mateos en México, preguntará en qué punto se encuentra el proyecto de Mercado Común latinoamericano. El Presidente mexicano le replicará: “dicho proyecto no irá más allá del estadio de buenas intenciones. ¿Qué podemos hacer? ¿Cambiar café por café?”. El presidente de la República francesa no escatimará en el consejo que da a estos jóvenes Estados de ajustar sus economías, así como de llevar a cabo reagrupaciones regionales con el fin de luchar contra la ideologías y las hegemonías que los amenazan y que podrían arrebatarles prácticamente su independencia. Para ello, deben diversificar sus relaciones, aumentar sus contactos con Francia, Europa y el resto del mundo; actuando así, lograrán para América Latina el lugar que se merece en el mundo, al mismo tiempo que alimentarán la impresión de que es capaz de jugar un papel ad hoc a sus recursos, a sus capacidades intelectuales y morales; América Latina podrá convertirse así en una gran potencia con influencia en todo el globo.

Es clásico considerar el viaje del general de Gaulle como una fantasía que se concedió para distraerse. Todo el mundo recuerda que, desde el balcón del Zócalo en México, animó a los mexicanos a caminar a nuestro lado “la mano en la mano”; esta expresión es más o menos el único recuerdo que algunos guardan del viaje del general de Gaulle a América Latina. Aparte de esto, añaden los comentaristas, pronunció fuertes palabras que no tuvieron eco alguno.

Querría animarles a un estudio más serio, más real y más objetivo de lo que fueron los resultados, las consecuencias y las repercusiones del viaje del general de Gaulle a América Latina en 1964. El viaje en sí es conocido; una de las etapas más pintorescas fue el día en que, en la universidad de México, los estudiantes empujaron al servicio de seguridad y detuvieron el cortejo trescientos metros antes del gran anfiteatro, obligando a de Gaulle a bajar del coche; el General fue prácticamente llevado a hombros hasta la entrada de la universidad. A su vuelta, el protagonista de la fiesta me dijo: “Sí que están alterados sus estudiantes”, pero estaba absolutamente embelesado de haber provocado tal delirio de entusiasmo entre la juventud de un país amigo, pero extranjero.

Cuando el General parte de México, en el momento en que nos separamos en el aeropuerto, me dice: “Bueno, ahora clave una bandera francesa aquí, en México, a la puertas de los Estados Unidos; yo he abierto el camino, ahora le toca a usted allanarlo. Esta bandera será el metro de México. Yo había abonado el terreno, pero le corresponderá a mi sucesor, Jacques Vimont, librar y ganar la batalla decisiva en 1966.

Fue un arduo combate; básicamente, los norteamericanos querían a toda costa obtener el contrato primero ya que se trataba de un negocio muy importante (varios miles de millones de francos) y, además, porque siempre han considerado que su vecino del Sur es coto de caza privado de los Estados Unidos. Finalmente, fueron los técnicos franceses los que diseñaron y construyeron el metro; todo el material necesario fue francés para el conjunto de las líneas. Nunca habríamos arrebatado esta victoria a los expertos de San Francisco si dos años antes no hubiese tenido lugar el viaje del general de Gaulle. El logro de dicho contrato fue tal que animó, poco después, a los venezolanos y chilenos a encargarnos, a su vez, los metros de Caracas y de Santiago.

En cuanto a los consejos dados a los latinoamericanos, cabe constatar que cayeron en saco roto en los quince años siguientes. Vimos entonces instaurarse nuevas dictaduras dominadas por gobiernos autoritarios movidos por los apetitos egoístas de sus dirigentes; no se vislumbró amago alguno de unión económica; dichos regímenes solo se mantenían gracias al apoyo norteamericano y seguían dócilmente las consignas de la Casa Blanca. En suma, en su mayoría los países visitados por el presidente de la República francesa daban alegremente la espalda a los consejos que el hombre del 18 de junio les había prodigado.

Sin embargo, a menudo en el destino del general de Gaulle estaba más el construir mirando al futuro lejano que al inmediato; es lo que ocurrió también en América Latina. A partir de 1980, vimos restablecerse la democracia sucesivamente en Perú, Brasil, Uruguay, Argentina, Bolivia... Las grandes ideas que el general de Gaulle había sembrado empezaron entonces a dar sus frutos. No es baladí señalar que, en todos los países, en 1987, son los jóvenes que lo aclamaban en sus universidades en 1964 los que ahora acceden a puestos de gran responsabilidad.

Les había dicho: “girad la vista hacia Francia y hacia Europa”, y observamos desde hace algunos años la creación de agrupaciones regionales a la par que se instauran relaciones orgánicas con Europa. En la primera categoría, hay que situar al grupo de Contadora, el de Tegucigalpa, el de Lima; “Contadora” aglutina a Colombia, México, Panamá y Venezuela; “Lima” reúne a Argentina, Brasil, Perú y Uruguay; “Tegucigalpa” agrupa al Salvador, Honduras, Costa Rica y Guatemala.

Son cada vez más numerosos los Estados que aplican, con veinte años de retraso, las consignas del general de Gaulle. En el marco de los acuerdos comerciales así firmados, Brasil toma la decisión de comprar a Argentina cereales y carnes, mientras que Buenos Aires le compra sus productos manufacturados. Uruguay se sumará más tarde a dicha reagrupación regional. Lo mismo ocurrirá con América Central, mientras que los signatarios de Contadora refuerzan sus relaciones con Europa.

Los viajes de jefes de Estado se suceden, desde hace algunos años, a un lado y a otro del Atlántico, siguiendo así la vía abierta por el general de Gaulle, que sin embargo sigue siendo el único en haber visitado toda América Latina.

Una nota reciente del quai d‘Orsay precisa a este respecto: “La conferencia de San José, los días 28 y 29 de septiembre de 1984, que reunió a los diez países de la C.E.E., más España y Portugal, y los cinco países de América Central, junto con los cuatro Estados del Grupo de Contadora, a saber, Colombia, México, Panamá y Venezuela, ha marcado el pistoletazo de salida de un diálogo político entre ambas regiones. Una reunión interministerial del mismo tipo en Luxemburgo ha tenido lugar en el 85, un acuerdo de cooperación económica regional acaba de suscribirse bajo el paraguas de la Comunidad Europea y una tercera reunión entre la Comunidad Económica Europea y América Central se desarrolla en este momento (febrero de 1987) en Guatemala donde el Sr. Bariani representa a Francia. En contrapartida a este diálogo político con Europa, los países de América Latina se han esforzado en zafarse de la tutela norteamericana, en diversificar sus relaciones. De esta forma, vemos cómo Perú y Brasil integran el grupo de los no alineados, al presidente de Argentina viajar a Moscú en 1986 y al de Brasil preparándose para hacerlo. Por lo tanto, vemos en todos los foros internacionales cómo América Latina va ganando aplomo y va escapando a la tutela estadounidense, sin por ello someterse a la tutela soviética. Cierto es que está el caso de Nicaragua, más progresista que comunista, por otra parte, y, a la inversa, el de Chile; como de costumbre, excepciones que confirman la regla.

Pero el ejemplo de la mayoría de los casos permite afirmar que, tras dos décadas de vacilaciones, América Latina ha escuchado finalmente al Hombre que en 1964 fue a decirles: “Levántate y anda.”