Entre espectáculo y Misión : El viaje del general de Gaulle a Suramérica (21 de septiembre - 16 de octubre de 1964)

Autor :   Matthieu TROUVÉ

Artículo publicado en Espoir n° 130 bajo el título “Entre spectacle et mission. Le voyage du général de Gaulle en Amérique du Sud du 21 septembre au 16 octobre 1964”

Las relaciones franco-norteamericanas, franco-soviéticas, la política africana del general de Gaulle, los discursos de México, de Phnom Penh, de Quebec, todo ello despertó un profundo interés. Sin embargo, se centra muy poca atención en la magnífica gira por Suramérica llevada a cabo por el jefe del Estado del 21 de septiembre al 16 de octubre de 1964. La publicación por la revista Espoir de un número especial en enero de 1998 vino felizmente a colmar esta laguna. No se trata aquí de retomar el desarrollo y las impresiones del viaje, retratadas concretamente en el excelente artículo del almirante René Besnault, ni las reacciones y discursos del jefe del Estado, sino de intentar reproducir los objetivos y la preparación, por un lado, así como el programa y los temas de dicho periplo, por otro.

“21 de septiembre de 1964: comienzo de un viaje de tres semanas del general de Gaulle por Suramérica. 32.000 km.; un triunfo.” Así resume Michel Winock dicha gira. Una gira efectivamente sorprendente cuando sabemos que hoy en día los jefes del Estado occidentales no se aventuran a menudo fuera de sus fronteras durante más de tres semanas para visitar un continente entero. Maurice Couve de Murville lo explica con mucha sencillez: “De Gaulle no había estado todavía allí, mientras que había visitado la mayor parte del resto de países del mundo, y quería manifestar que se interesaba por ellos”.

Lo seguro es que América Latina ocupa un lugar no despreciable en la mente y en los discursos del General, sobre todo a partir de 1962; al menos, tanto como África o como Asia. Su interés es tal que se desplaza personalmente para visitar once repúblicas latinoamericanas en un solo año. Primero es México, en marzo, donde pronuncia en español la frase que pasó a la historia: “Marchamos la mano en la mano”. La iniciativa de septiembre-octubre presenta un calado muy diferente: de Gaulle recorre sucesivamente las diez repúblicas de Suramérica, a saber, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil. El año 1964 puede considerarse realmente como el año de América Latina por la diplomacia francesa.

 

“Un desafío indirecto” a los norteamericanos

Francia goza a la sazón de un inmenso prestigio en América Latina y ante los jefes del Estado de la zona, reforzado incluso desde 1962 y los acuerdos de Évian. Libre de una “hipoteca” que lastraba su política extranjera, Francia se gira hacia países latinoamericanos que a menudo han adoptado, por tradición anticolonialista, una actitud hostil frente a ella, como Bolivia, por ejemplo, que había tomado posiciones favorables al FLN en el seno de Naciones Unidas. En el expediente de viaje elaborado por el ministerio de Asuntos Exteriores y por el director de protocolo del Elíseo, Gilbert Pérol, y que el general de Gaulle tuvo ocasión de leer antes de su partida, se afirma en la parte consagrada a Venezuela que “con el éxito generalmente reconocido de la política de descolonización, la mayoría de los venezolanos ha podido por su parte dar rienda suelta al sentimiento de admiración despertado por el renacimiento francés, patente a lo largo de las últimas décadas”.

El prestigio de Francia se muestra especialmente vivo en el ámbito cultural. Lengua francesa, ideas políticas, sociales y filosóficas, literatura, todas ellas son conocidas y valoradas por las élites. Los grandes héroes de la independencia de los países suramericanos, José Artigas, Francisco de Miranda, Simón Bolívar, San Martín, el general Sucre, se nutrían de las ideas filosóficas de la Ilustración y de la Revolución francesa. La constitución brasileña de 1889 se inspiraba ampliamente de la Tercera República; la divisa de la República brasileña –“orden y progreso”- que luce en la bandera es una fórmula tomada de Auguste Comte. Numerosos comités de apoyo a la Francia Libre se formaron en toda América Latina a partir de 1942, entre ellos el de México bajo el impulso del etnólogo Jacques Soustelle. La Unión Latina, organización internacional de carácter cultural, se fundó en 1954 y, dos años más tarde, se inaugura el Instituto de Altos Estudios de América Latina (IHEAL) en París, rue Saint-Guillaume. Numerosos intelectuales, ingenieros u hombres de Estado se desplazan a Francia para completar o culminar su formación: Óscar Niemeyer, creador de Brasilia, el arquitecto Belaunde Terry, elegido presidente de Perú en 1963, o incluso el presidente brasileño Castelo Branco, antiguo alumno de la Escuela Militar de París, por no citar más que algunos. André Malraux, representante de la cultura francesa, visita Perú en 1959. El jefe del Estado, que visita América Latina en septiembre-octubre de 1964 es también a su vez percibido como el representante de la Francia de 1789, de la Francia de los Derechos Humanos, de la Francia de Víctor Hugo, de la Francia de la Torre Eiffel, de la Francia de la Quinta República. En la persona del general de Gaulle, se reconoce al hombre del 18 de junio, el fundador de un régimen semipresidencial estable, bastante cercano a los regímenes presidenciales de un cierto número de países latinoamericanos.

Más allá de todo ello, en 1964 la Francia del general de Gaulle se percibe sobre todo como la nación que desea competir con los norteamericanos en su propio terreno. América Latina es en cierta forma el coto de caza de los Estados Unidos, el lugar donde su influencia diplomática se ejerce de forma muy vigorosa, en concreto tras la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962; pero también es una parte del mundo donde el antiamericanismo es más virulento. Como escribe Maurice Agulhon, “el general de Gaulle viaja, y es ante todo aclamado allí donde los yanquis no son apreciados”. Sin duda, el antiamericanismo del General se ve aquí reforzado por el de los latinoamericanos, popular y extendido por todo el continente. En cada escala del jefe del Estado francés, se pudo de hecho observar aquí  y allí eslóganes hostiles hacia los norteamericanos. De esta forma, desde la llegada de la Carabela presidencial a Bogotá, el 22 de septiembre, una sorprendente muchedumbre espera enarbolando pancartas de “¡Abajo los estadounidenses!”. Al día siguiente, estudiantes de la universidad católica de Bogotá se precipitan hacia el coche descapotable donde se desplaza de Gaulle entonando: “¡Viva Francia, yanquis no!”.

De ahí una impresión de desafío, del que la prensa se hizo amplio eco, que rezuma del viaje y de las intenciones del general de Gaulle. No obstante, al leer con mayor atención los discursos y alocuciones de este último, se constata que el tono es especialmente moderado frente a los Estados Unidos. Interrogado sobre este punto, Étienne Burin des Roziers, a la sazón secretario general del Elíseo, sostiene: “los norteamericanos [...] consideran que América Latina es en cierta forma su territorio... pero no creo que pudiesen inquietarse en modo alguno en lo referente al viaje de De Gaulle [...]. No hubo expresiones del tipo “¡Viva el Quebec libre!” de años más tarde. Por lo tanto, no había nada que pudiese realmente herir el sentimiento de los estadounidenses. Sin embargo, no se sentían del todo cómodos, seguro”. Si hubo desafío, no puede tratarse sino de un “desafío indirecto”.

¿Por otro lado, qué podría llegar a proponer Francia a las Repúblicas suramericanas en 1964? Ciertamente, no dispone de los medios económicos para poder desarrollar en la zona una política comercial a la altura de los Estados Unidos. Unos días antes de su partida, de Gaulle escribe a su antiguo primer ministro, Michel Debré: “Parto hacia América Latina sin programa diplomático realmente preciso, pero en cierta forma, guiado por mi instinto. Tal vez sea importante, de hecho. Tal vez sea el momento”. De Gaulle no tiene nada muy concreto que ofrecer a los suramericanos, los argumentos empleados para justificar el viaje a menudo son muy vagos y algunos comentaristas pudieron interpretar aquí una cierta indefinición en las motivaciones del General o pudieron inquietarse. En su “Bloc notes” de Le Figaro, François Mauriac escribe el 4 de septiembre de 1964: “Esta gira del general de Gaulle por Suramérica, por ejemplo, la temo, la detesto, se me antoja como una suerte de provocación al destino, en todos los planos y en todos los ámbitos. Me planteo interrogantes no exentos de angustia. Me pregunto si el personaje ya legendario no se deja llevar por primera vez por la inercia de su propia leyenda, si no empieza a dejarse engullir por ella. [...] Pero me tranquilizo respondiéndome a mí mismo que una vez más, que esta vez también, mejor que cualquier otro, de Gaulle habrá descifrado lo indescifrable, que habrá previsto lo imprevisible, que habrá tenido razón, como siempre, a menos que...”. De hecho, el general de Gaulle enmarcará su gira por Suramérica bajo el signo de la cooperación. En un principio, esta cooperación se concibe como un nuevo enfoque del problema de las relaciones entre la antigua metrópolis y los jóvenes Estados que han accedido a la independencia política y, de forma más general, de las relaciones entre los países industrializados y los países en vías de desarrollo. Su originalidad reside en el hecho de que no se limite al mero ámbito económico. Como lo escribe Maurice Couve de Murville, el “carácter original de la cooperación tal y como la practica Francia” es que “de hecho se vincula ante todo a la formación de las personas”. Durante una recepción ofrecida en su honor, el 21 de febrero de 1961, en la Casa de América Latina en París, por invitación de los jefes de las veinte misiones diplomáticas de los países de América Latina destacados en París, el general de Gaulle declara: “Las razones psíquicas y políticas de un estrecho entendimiento y de una creciente cooperación entre Francia y América Latina son actualmente más fuertes que nunca. Tanto más en cuanto que, en este momento, se forma con Francia, en Europa occidental, una agrupación fecunda y potente de Estados -Italia, Alemania, Bélgica, Holanda, Luxemburgo- impregnados como ella del mismo espíritu que antaño transmitieron España y Portugal al Nuevo Mundo. ¿Entonces, por qué no esperar que surja un día, a ambos lados del Atlántico, un mundo latino unido y renovado?”.

Pero es sobre todo en su rueda de prensa del 31 de enero de 1964 cuando de Gaulle va a concretar sus intenciones y su política en América Latina. Por primera vez, de hecho, el jefe del Estado aborda ampliamente la nueva política francesa frente al Tercer Mundo, para proclamar que la cooperación es ya “una gran ambición de Francia”. Insistiendo a la vez sobre la necesidad de incitar a los diferentes países de América Latina a luchar contra las ideologías y las hegemonías que amenazan su independencia real, de Gaulle afirma que es necesario incluirlos en la categoría de países destinatarios de ayuda: “La empresa desborda el marco africano y constituye una auténtica política mundial. Por esta vía, Francia puede dirigirse hacia otros países que, en otros continentes, están más o menos ampliamente en vías de desarrollo, que atraen tanto por instinto como por naturaleza y que, deseando para su evolución un apoyo que les sea prestado según nuestra mentalidad y nuestras maneras, pueden desear sumarnos directamente a su progreso y, recíprocamente, participar en todo lo relativo a Francia. [...] Esto es precisamente lo que planteamos abordar próximamente con el Sr. López Mateos, Presidente de México, y posteriormente sin duda con los gobiernos de los Estados de Suramérica, con ocasión de los viajes que espero tener el honor de realizar allí”. Se define así un calendario: de Gaulle anuncia que primero se desplazará a México, para visitar después las diez repúblicas de Suramérica. No se trata sin embargo de su primer contacto con dirigentes latinoamericanos. El jefe del Estado tuvo ocasión de recibir sucesivamente en visita oficial al Sr. Prado, presidente de la República de Perú, del 15 al 18 de febrero de 1960, al Sr. Frondizi, presidente de la Nación Argentina, del 22 al 24 de junio de 1960 y al Sr. López Mateos, presidente de los Estados Unidos de México, del 25 al 29 de marzo de 1963.

Por lo tanto, la impresión de desafío a la par que de imprecisión se desvanece de inmediato si se tiene en cuenta los dos aspectos esenciales de la gira suramericana: se trata primero y ante todo de un “viaje amistoso”, como lo señala Maurice Couve de Murville, destinado a reforzar los vínculos entre Francia y países con los que no existía un problema concreto que zanjar y donde la influencia francesa es sobre todo importante en el ámbito cultural; finalmente, se trata de un viaje que fue decidido y planificado cuidadosamente, a medida, para el general de Gaulle.

 

Un viaje cuidadosamente preparado

De hecho, el viaje fue minuciosamente preparado en París y en cada lugar, en América Latina, a la vez por los servicios de protocolo del Elíseo y por el ministro de Asuntos Exteriores. En todo caso, es la impresión derivada de la consulta de archivos de la Fundación Charles de Gaulle. El expediente de preparación incluye más de 1.000 páginas, es decir, en torno a un clasificador de 100 páginas por país. Cada clasificador repasa con extrema precisión la lista de todos los miembros de los gobiernos latinoamericanos. Se consagra una biografía a cada miembro del gobierno. El programa de la estancia en los diez países se detalla al minuto, por supuesto junto con el protocolo que se impone en cada visita o ceremonia, como en todo viaje oficial.

Se puso un esmero muy especial en todos los discursos del general de Gaulle. Cada puesto diplomático francés en Suramérica remitió al Quai d'Orsay una lista de citas de escritores o de hombres de Estado latinoamericanos, susceptibles de ser retomadas por el jefe del Estado francés en sus propios discursos. Los nombres de Simón Bolívar, San Martín, Francisco de Miranda, Pablo Neruda, o incluso de Pedro I, son los que aparecen más a menudo y que serán efectivamente citados por de Gaulle. A continuación, se redactó un primer proyecto de discurso, del que a veces se conservan algunos fragmentos en el expediente de viaje, que difiere bastante a menudo del discurso finalmente elegido. Cabe asimismo destacar la atención prestada a las traducciones de los textos del General. Étienne Burin des Roziers recuerda que cada discurso había sido traducido por un venezolano, un peruano, un chileno, un brasileño, etc., según el país visitado, y no por un intérprete del Quai d’Orsay o por un español, o un portugués, en el caso de Brasil.

El conjunto del expediente de viaje fue elaborado tras el desplazamiento preparatorio realizado por Gilbert Pérol, jefe del servicio de prensa y de información de la presidencia de la República de 1963 a 1967, y director de protocolo del Elíseo. A modo de ensayo general, este “pequeño destacamento precursor” realizó el viaje allá por junio-julio y entregó el expediente al General para que estuviese informado en agosto. Por consiguiente, todos los problemas protocolarios pudieron quedar zanjados. Fue el caso en Ecuador, donde el poder estaba en manos de un grupo de oficiales, compuesto por el contra-almirante Luis Ramón Castro Jijón, de los generales Luis Cabrera Sevilla y Marcos Gandara Enríquez, así como del coronel de aviación Guillermo Freile Pozzo. Para cada país, se había previsto un intercambio de condecoraciones oficiales entre jefes del Estado. La regla al respecto consiste en que solo el jefe del Estado recibe la Gran Cruz de la Legión de Honor; sin embargo, los cuatro militares querían ser condecorados... Finalmente, se decidió que, mientras que de Gaulle recibiría el Gran Collar de la Orden Nacional al Mérito, haría entrega de la Legión de Honor a los cuatro miembros de la Junta militar. Otro pequeño problema, en Bolivia: la altitud de la capital, La Paz. Los médicos del General temían poner en riesgo la salud del jefe del Estado, que se había sometido a una intervención quirúrgica de la próstata el 17 de abril anterior. De ahí la elección de la ciudad de Cochabamba, situada a 2.500 m. de altitud, promocionada a capital por un día para recibir al general de Gaulle, con gran reticencia del gobierno boliviano.

Sin embargo, en cuanto a la preparación del viaje, lo esencial no reside aquí. Lo esencial se encuentra más bien en el giro simbólico que el General quiso imprimir a su viaje. Pocos colaboradores acompañan al jefe del Estado. El séquito presidencial incluye en total 37 personas, ante todo, encargadas del protocolo (dos edecanes, dos intérpretes, los funcionarios del servicio de viajes oficiales, un miembro del Estado Mayor personal), de la seguridad (los cuatro “gorilas”, Sassia, Comiti, Tessier y Djouder) o de la salud del General (el doctor Jean-Marie Saudubray). El resto de la comitiva la componen el vice-almirante Jean Philippon, jefe del Estado Mayor personal del Presidente de la República, el Sr. Saint-Léger de la Saussaye, asesor técnico responsable de los asuntos diplomáticos en la secretaría general de la presidencia, Gilbert Pérol, Pierre Siraud, Jean Jurgensen y Bernard Durand. Un lugar muy especial se reserva a la “casa” del General, es decir, a Georges Galichon, su director de gabinete, que realiza el viaje desde Venezuela hasta la llegada a Buenos Aires, el 3 de octubre, así como a Étienne Burin des Roziers, secretario general de la presidencia que, por su parte, viaja de Buenos Aires a París.

El único miembro del gobierno que acompaña a de Gaulle es su ministro de Asuntos Exteriores, Maurice Couve de Murville. El Presidente de la República se rodea únicamente de altos funcionarios y de militares que participan, como de costumbre, en una gira presidencial. Se descartan hombres de negocios en el grupo o intelectuales, así como varios ministros: de Gaulle juega el papel principal y Couve de Murville mantiene un papel discreto de acompañante. Se descarta también el compartir tareas entre el Presidente y su ministro: “es el general de Gaulle quien dirige”. Por lo tanto, sin duda se trata de una gira diplomática y política cuyo único catalizador es el general de Gaulle, un “viaje amistoso”, como nos lo señala Maurice Couve de Murville. Ello no significa que se descuiden las medidas de seguridad.

La seguridad del jefe del Estado se preparó con total esmero. Dicha movilización se justifica en la época por diversas razones. El continente americano vive entonces bajo el impacto del atentado contra el presidente Kennedy, asesinado un año antes, el 22 de noviembre de 1963, en su propio país, en la ciudad de Dallas. La famosa comisión Warren entrega por otro lado su informe a lo largo del mes de octubre de 1964. De Gaulle, desde 1962, está en el punto de mira de la OAS. La última tentativa de atentado contra la persona del jefe del Estado se remonta al 15 de agosto de 1964, cuando de Gaulle se dirigía al Mont Faron, cerca de Toulon, para presidir las ceremonias del aniversario del desembarco. Por otro lado, un comunicado del Estado Mayor colombiano confirma la presencia del ex-coronel de la OAS Château-Jobert en Suramérica. Por lo tanto, los responsables de la seguridad se muestran inquietos y permanecen alerta con el fin de garantizar la seguridad del General en cada etapa, durante tres semanas y 32.000 km.

La seguridad del ilustre viajero queda evidentemente garantizada por los países anfitriones. Estos últimos aceptaron de todas formas que la seguridad inmediata del General siguiese encomendada a sus cuatro “gorilas” y a dos responsables del Elíseo que participaron en el viaje. El director de los viajes oficiales proporcionó a los países que lo solicitaban los consejos y detalles para proteger al jefe del Estado. Con vistas a ello, se elaboraron listas de activistas refugiados en Suramérica. La mayor parte de ellos lograron rehacer su vida y gozaban de un generoso derecho de asilo, como Georges Bidault en São Paulo o el ex-coronel Gardes en Argentina, que no se planteaban comprometer. Sin embargo, en la medida de lo posible, se tomaron las precauciones indispensables, sobre todo en un continente como ese, marcado por los pronunciamientos, donde cabía temer a los guerrilleros comunistas o a los peronistas, como en Argentina. De hecho, todos los rotativos hicieron hincapié en el impresionante dispositivo puesto en marcha a tal efecto.

Además de diplomática, la gira es también un acontecimiento mediático. Toda la prensa se hizo ampliamente eco del periplo, como ya lo hizo para el viaje a México en marzo. Para este nuevo viaje a América Latina, todo se gestionó y se organizó una vez más a la perfección para ofrecer una amplia cobertura mediática a lo largo de las tres semanas. Se prepara la Carabela presidencial de forma especial para toda la duración del viaje, seguida por una Carabela de refuerzo, que transporta maletas y piezas de repuesto; el General insiste en viajar únicamente con material francés. Los 44 enviados especiales de la prensa francesa y extranjera ocupan un DC 6. Entre dichos enviados especiales, cabe destacar los de Le Monde, Marcel Niedergang y André Passeron, de Le Figaro, Nicolas Chatelain, Denis Périer Daville, Daniel  Garric y Michel Bassi, así como de La Nation, Jean Salan.

 

La agenda del viaje

El 21 de septiembre de 1964, el general de Gaulle pronuncia un discurso ante el parlamento de Caracas (Venezuela).

Analicemos ahora más de cerca la agenda completa del viaje tal y como la hemos podido reconstruir gracias a los archivos de la Fundación Charles de Gaulle. Almuerzos y cenas oficiales, recepciones de sociedad, visitas protocolarias, ceremonias conmemorativas, homenajes, banquetes, con frecuencia el General se vio en la tesitura de hablar, estrechar manos y realizar ofrendas florales. El viaje a Suramérica no es una excepción a dichas reglas sentenciosas y protocolarias. Cierto es que el conjunto de dichos países recibía por vez primera la visita de tan ilustre viajero. Cierto es asimismo que para ciertos países latinoamericanos, como Bolivia, se trata de la primera visita a su territorio de un jefe del Estado francés. Cierto es, finalmente, que para una primera toma de contacto con esta parte del globo, resulta casi imperativo plegarse a las formalidades de uso, honrar a los héroes nacionales y encontrarse con el mayor número posible de personalidades.

Allí donde acudió, el general de Gaulle participó en tres actividades importantes e ineludibles. El General mantuvo primero contactos políticos a lo largo de los cuales pudo encontrarse sucesivamente con: el presidente venezolano Leoni, el presidente colombiano Valencia, los cuatro miembros de la Junta militar de gobierno de Ecuador, el presidente peruano Belaunde Terry, el presidente boliviano Paz Estenssoro, el presidente chileno Alessandri, el presidente argentino Illia, el presidente paraguayo, el general Stroessner, el presidente uruguayo Giannattasio, y finalmente, el presidente brasileño Castelo Branco. Dejando de lado el caso de cuatro países, el General realizó además una visita de cortesía y mantuvo un encuentro de una hora aproximadamente con el jefe del Estado. Tuvo ocasión de encontrarse dos veces con los jefes del Estado peruano, boliviano, chileno y argentino. Con excepción de Paraguay, bajo la presidencia del dictador Stroessner, el General también fue recibido por el conjunto de los parlamentos o congresos nacionales que, para la ocasión, se reunieron en sesión solemne. Cabe destacar que en tres países –Perú, Uruguay y Brasil- se le presentó a los jefes de las misiones diplomáticas.

A continuación, el General rindió homenaje a numerosos héroes nacionales latinoamericanos, realizando una ofrenda floral en los monumentos conmemorativos a ellos consagrados, o en los monumentos a la independencia. Finalmente, en las diez repúblicas, el general de Gaulle recibió a la colonia francesa, ya fuese importante como en Argentina (35.000 inscritos), media como en Venezuela o en Chile (5.000 personas), modesta como en Perú (1.556 inscritos), o incluso muy reducida como en Ecuador (380 expatriados). Siendo muy breves, los encuentros políticos y visitas a los congresos no tuvieron un gran alcance. Muy protocolarios, los homenajes a los héroes de la independencia latinoamericana no revistieron un gran significado político. Muy mundanas, las recepciones de la colonia francesa se hicieron sobre todo por cortesía y afabilidad.

Lo mismo ocurrió con todo el resto de recepciones diplomáticas, los almuerzos y cenas oficiales, así como con las visitas a las administraciones locales. De Gaulle participó en siete almuerzos y quince cenas oficiales, en recepciones en la Casa Amarilla de Caracas, en el Quito Tennis & Golf Club, en la prefectura de Cochabamba, en el palacio Cousino de Santiago, en el Jockey Club de São Paulo... Se organizó incluso una velada de gala en Montevideo donde el General pudo asistir a la representación del tercer acto de Fausto y a un ballet titulado Les chansons françaises. Se organizaron diversas visitas a administraciones locales. De esta forma, pudo ser declarado ciudadano o invitado de honor de la ciudad, como en Lima y en Valparaíso, donde se le hizo entrega de la medalla de oro de la ciudad, o incluso en Quito o en Montevideo, donde recibió oficialmente las llaves de dichas urbes. La mayor parte del tiempo, visitó establecimientos públicos administrativos: el Consejo municipal de Caracas, el Servicio Nacional de Formación Profesional (SENA) de Colombia, el Consejo municipal de Quito, el Consejo de Lima, etc. El General también visitó colegios o liceos locales (el colegio de la Inmaculada Concepción en Asunción, la escuela Francia de Montevideo) y colocó la primera piedra del futuro liceo francés de Buenos Aires.

Más sorprendentes fueron los desfiles militares a los que de Gaulle tuvo que asistir en Valparaíso, Chile, pero sobre todo en Asunción. Dictadura oficial de Suramérica en 1964, el Paraguay del general Alfredo Stroessner había impuesto este ejercicio al jefe del Estado francés. Pero en ocasiones, de Gaulle quiso por su parte rendir homenaje a los ejércitos latinoamericanos ya que visitó el Centro de Instrucción Militar de Perú (CIMP), creado en 1942 en Lima, bajo la dirección del jefe de la misión militar francesa, el general Laurent, así como a la Escuela de mando y de Estado Mayor del ejército brasileño en Río, y finalmente, asistió a un desfile de tropas para conmemorar el aniversario de la batalla de Rancagua, en Chile. De hecho, se le reprochó al general de Gaulle su presencia en tales manifestaciones y sus visitas a establecimientos militares, en países donde el ejército juega un papel político importante y, a veces, incluso desestabilizador, como en Ecuador, en Paraguay o en Brasil en 1964. Sobre todo considerando que no rindió frecuentemente homenaje de forma directa al Estado de derecho: no visitó más que cuatro altas instancias judiciales (las Cortes Supremas de Chile, de Argentina, de Uruguay y el Tribunal Supremo Federal de Brasilia).

Por otro lado, el contacto entre el general de Gaulle y la muchedumbre constituye sin duda uno de los momentos principales de la gira suramericana. Cabe señalar que de Gaulle no escatimó en esfuerzos: baños de masas, zafándose de la protección de los servicios de seguridad, alocuciones en español que despertaron el entusiasmo popular, numerosos trayectos en coche descubierto. Dos grandes decepciones, no obstante: el reducido contacto con los medios económicos y universitarios. Cierto es que el general de Gaulle acudió a la Federación de las Cámaras de Comercio y de Industria de Venezuela; visitó las fábricas de automóviles IKA en Córdoba, Argentina, así como las fábricas COSIPA y SIMCA en São Paulo, Brasil. Cierto es que fue acogido en los anfiteatros de las universidades de Chile, de Argentina y de Brasil. Pero todos aquellos contactos no fueron sino superficiales. De entrada, porque en las visitas a establecimientos industriales, el General no departió con ningún hombre de negocios en concreto, y ningún empresario francés lo acompañaba. A continuación, debido a que en las visitas a las universidades, las autoridades locales apartaron cuidadosamente a los estudiantes prohibiéndoles el acceso a las facultades el día mismo de la visita del jefe del Estado francés, ante el temor de asistir a manifestaciones de estudiantes hostiles hacia él. De esta forma, “Chile y Argentina evitaron esta dificultad organizando encuentros en facultades previamente desprovistas de sus estudiantes. La facultad de Buenos Aires cerró el lunes 5 de octubre”. Por consiguiente, un público de ministros, diplomáticos y otras personalidades asistió a las alocuciones de De Gaulle... en las universidades.

 

 

Los temas del viaje

¿Cuáles pudieron ser entonces los temas desarrollados por el jefe del Estado en sus diferentes discursos y en los comunicados finales? Considerando la presencia y el tratamiento de los temas en los periódicos de la época y a la vez su percepción por los interlocutores del general de Gaulle y por la prensa local y extranjera, podemos agruparlos en dos categorías principales. Primero, cabe destacar los temas más o menos bien apreciados, incluso criticados, como el del “rechazo a las hegemonías” o el de la “doble hegemonía” soviético-estadounidense, presente en la mayor parte de los discursos de Caracas a Río. De Gaulle comparte abiertamente su temor de ver el mundo “zarandeado por hegemonías en competencia y por ideologías opuestas” ante el Parlamento argentino, pero también en el colombiano, o incluso en Brasil; propone aunar esfuerzos conjuntos para evitar dicho peligro y expone, en Lima, el “concepto de un mundo que debería organizarse en función no de sus rivalidades, sino de su solidaridad”. En ocasiones, subraya el acuerdo existente sobre este punto entre Francia y las naciones suramericanas, verbigracia en Caracas, donde venezolanos y franceses están “de acuerdo en que toda opresión y toda hegemonía queden excluidas de nuestro universo”. No obstante, la mayor parte de dirigentes suramericanos mostraron sus reticencias en este ámbito, afirmando su apego tradicional al continente americano y, sobre todo, a los Estados Unidos. La respuesta del presidente peruano Belaunde Terry carecía de ambigüedades: “Ciertamente, nos gusta Francia. La visita del general de Gaulle despierta en nosotros interés, y nos sentimos adulados; pero la realidad se impone: dependemos, en cuanto a la ayuda exterior, de los Estados Unidos, que  por otro lado controlan directa o indirectamente una parte importante de nuestra producción”.

Más prometedor y más sutil, el tema de la latinidad, pretexto para de Gaulle de animar la cooperación entre Francia y las diez repúblicas, constituye la auténtica originalidad de los discursos del viaje. El jefe del Estado pronuncia por vez primera la palabra “latinidad” en respuesta al brindis propuesto por el contra-almirante Castro Jijón, presidente de la Junta de Gobierno de Ecuador, en el Palacio Nacional de Quito. En lo sucesivo, subraya sistemáticamente la pertenencia de Francia y de los países visitados a una misma comunidad humana, cristiana, a una historia y a una civilización latina comunes y con la que los Estados Unidos no comulgan. Asimismo, por dicha razón, el término “latinidad” va a “provocar chirridos de algunas plumas en los países indígenas como Bolivia o Perú”. Tras la etapa peruana, el corresponsal de Le Monde escribe incluso: “la latinidad ha pasado como una estrella fugaz: propuesta por franceses en Caracas, exaltada en Bogotá con un mohín de España, alabada en Quito (por una población indígena), justamente moderada en Lima, silenciada en Cochabamba”.

Otro tema importante y mal encajado o, al menos, criticado por las autoridades suramericanas: el de la “tercera posición”, inspirado en la doctrina del general argentino Juan Perón. Sin duda, de Gaulle se abstuvo de hablar abiertamente de dicha tercera posición así como de criticar directamente a los Estados Unidos. Pero los temas de los discursos -latinidad, ayuda económica que excluya una injerencia política, rechazo de toda hegemonía- son en realidad los principios mismos de una carta de la tercera fuerza constituida por América Latina. La alusión era por lo tanto evidente... En Buenos Aires y en Córdoba, los peronistas intentaron vincular la visita del jefe del Estado francés a la renovación del tema de dicha tercera vía al grito de “De Gaulle-Perón, tercera posición”, una idea que habría sido asimismo retomada posteriormente en las conversaciones entre De Gaulle y las autoridades brasileñas.

Entre los temas sugerentes y generalmente bien acogidos tanto por los interlocutores de los franceses como por la prensa y las poblaciones locales, figura de entrada la cuestión de la independencia. El General rinde homenaje allí donde va a los monumentos de los héroes nacionales e invita a todos los países a hacer gala de su apego a la independencia, por ejemplo, ante el Parlamento de Bogotá, donde declara: “es una nación libre e independiente a la que aquí presento mis respetos, en nombre de Francia. Ya que si se quisiese resumir lo que mi país ha hecho, en todo momento, en beneficio del resto y lo que cree, más que nunca, necesario para el equilibrio y la paz mundiales, bastaría –y lo creo sinceramente- con decir: independencia y libertad. ¿Quién lo sabe mejor que ustedes los colombianos?”. Otro éxito: el tema del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, desarrollado desde la primera etapa, en concreto, en el discurso al Parlamento de Caracas; o incluso también en respuesta al brindis que le ofrece el presidente venezolano Leoni al afirmar “devoción por la libertad y respeto del resto de pueblos, estas son por lo tanto, en concreto, nuestras características comunes”. En Lima, hablando del refuerzo del peso internacional de América Latina, de Gaulle declara: “Cuánto lo desea mi país, en concreto para Perú, cuya voluntad de independencia, cuya adhesión total a que cada pueblo disponga de sí mismo, cuya concepción de un mundo que debería organizarse en función no ya de sus rivalidades sino de su solidaridad al servicio de la causa del Hombre,  son efectivamente las suyas”. Misma letanía en Buenos Aires: “Tanto ustedes como nosotros deseamos que el universo, sumido en una profunda y rápida transformación, encuentre su equilibrio en el derecho de cada pueblo a disponer realmente de sí mismo y su ambición en el progreso general con vistas a garantizar a cada uno de los hombres que pueblan nuestra tierra la libertad, la dignidad y la prosperidad”.

Pero no hay un solo discurso, una sola alocución del General en la que no figure la palabra “cooperación” o bien la idea de un acercamiento de los pueblos con el fin de reforzar la cooperación. Señalemos, como lo hace Edmond Jouve, que el término “cooperación” se usa 52 veces en el conjunto de discursos de Caracas a Río, ocupando así la quinta posición tras las palabras “Francia” (277 veces), “francés” (97 veces), “transformar” (65 veces) y “progreso” (57 veces), lo que lo convierte en una de las palabras clave pronunciadas por el jefe del Estado. Francia propone aquí una cooperación y una ayuda económica libre de toda presión política, “organizada fuera de toda injerencia”, ya que Francia no alberga “la ambición de intrigar y de dominar, sino la de comprender y resultar útil”. Cae por su propio peso que “dicha cooperación cultural y económica implica, para ser fecunda, un entendimiento político fundamental”. La cuestión es ampliamente apreciada por los dirigentes suramericanos. Los proyectos de cooperación corresponden a veces a realidades muy concretas. El comunicado final franco-colombiano da fe de la creación de una comisión destinada al seguimiento de las relaciones entre los dos países en los ámbitos económicos, culturales y técnicos. Se abordan problemas específicos en el comunicado final franco-brasileño: la organización efectiva del mercado internacional del café, la evolución de las condiciones financieras de los proyectos y programas de desarrollo económico, o incluso, la cooperación cultural y técnica ampliada, en concreto, al ámbito nuclear.

La preparación y la mediatización del viaje, la agenda del periplo realizado por un jefe del Estado percibido como un libertador, la cooperación propuesta por el general de Gaulle, la acogida de las poblaciones latinoamericanas ofrecida a su visitante, todo ello contribuyó al inmenso éxito de prestigio alcanzado por este viaje. Una “sorprendente hazaña física y deportiva”, un éxito sobre todo personal para de Gaulle, que sedujo a las masas, en gran medida gracias a su personalidad, su carisma, su comportamiento y a algunas palabras pronunciadas en español. El entusiasmo de los latinoamericanos fue constante. Desde la llegada a Caracas, del aeródromo al palacio Miraflores es el “kilómetro de la locura”; 50.000 personas se agolpan para ver a de Gaulle en Lima; 60.000 personas saludan al General en Arica, Chile; la acogida en São Paulo parece sacada de Broadway. Estas manifestaciones de fervor, dirigidas al héroe de la Liberación a la par que al estadista, otorgan al viaje un halo de gira triunfal y excepcional. Por supuesto, las instantáneas tomadas por los fotógrafos dan fe de ello.

¿Qué balance se puede entonces sacar de este viaje? A corto plazo, el periplo marca un espectacular renacimiento del interés de Francia por el subcontinente suramericano, un éxito ante todo para de Gaulle y su voluntad de estrechar los vínculos entre Francia y una parte del mundo donde su influencia es fundamentalmente cultural. Sin embargo, resulta más difícil medir realmente el impacto a largo plazo. Algunos, como Étienne Burin des Roziers, se preguntaron legítimamente si no se trató de un “fuego de artificio”. Lo seguro es que, por un lado, dicha gira simbólica marcó de forma incuestionable el “principio de una nueva era” en las relaciones entre Francia y América Latina y que, por otro, Francia no disponía de los medios -ni las ambiciones- de competir con los norteamericanos en esta región. Durante una rueda de prensa consagrada al balance del viaje presidencial, el 30 de octubre de 1964, el primer ministro Georges Pompidou debía tenerlo en mente cuando mencionó la cooperación con los países suramericanos: “Es incuestionable que Francia no está en disposición de intervenir masivamente en su desarrollo; lo sabe, y el Presidente de la República lo sabe mejor que nadie”.

Otra enseñanza relevante de la gira suramericana de 1964: la necesidad de Europa. En un mensaje del 20 de octubre de 1964 dirigido a Konrad Adenauer, de Gaulle saca la siguiente conclusión: “Acabo de volver de mi viaje a Suramérica, convencido de que a Europa le corresponde jugar un gran papel en dicho continente, al que está unido por numerosos intereses, vínculos de amistad y tradiciones”. Cinco años más tarde, Paul-Marie de la Gorce señala en relación con la política suramericana del general de Gaulle que habría gozado de mejores resultados “si dicha política hubiese sido la de una Europa unida, según los deseos del General, con vistas a desarrollar una acción común en el plano diplomático, militar y económico que se diferencie de la estadounidense”. Añade asimismo que “a pesar de que dicha política otorgase a Francia un prestigio muy notable en América Latina, rechazada por el resto de potencias europeas, se quedó más en intención que en realidad”.