Discurso a América Latina, pronunciado desde Londres el 15 de agosto de 1940

En América Latina, son tantos los que escuchan la lengua francesa, son tantos los que empatizan con el alma francesa, son tantos los que entienden la importancia mundial del destino de Francia, que es realmente fácil, para el soldado que soy, hablarles con el corazón en la mano.

Se da la circunstancia de que este soldado ha podido seguir personalmente de cerca el lamentable derrumbamiento que ha llevado a la capitulación. Dicho derrumbamiento ha tenido causas militares. A pesar de las advertencias lanzadas a los gobernantes y a los mandos responsables, el Ejército francés no estaba preparado para la guerra moderna. El Ejército francés no disponía de la organización, ni de las armas, ni del mando necesarios para una guerra de sorpresa, de velocidad, de maniobra ligada a los dispositivos mecánicos modernos. El enemigo, por su parte, se había preparado metódicamente con vistas a este tipo de conflicto.

El resultado fue literalmente el barrido del Ejército francés. Ante dicha situación, había dos decisiones posibles. La primera consistía en capitular, en deponer las armas, en quedar a merced del enemigo.

Dejándose llevar por el pánico y por la ilusión, se formó un gobierno en Burdeos a tal fin, ya que hacía falta una pantalla de humo para llevar a cabo una operación tan poco honorable. Aquellos que, desde tiempo atrás, la preparaban en la sombra, pusieron bajo los focos al anciano Mariscal Pétain.

La otra decisión consistía en proseguir la guerra en el bando de los Aliados. Esta decisión nacía del honor, ya que Francia se ha comprometido a no abandonar el combate mientras nuestros Aliados prosigan su lucha. Esta decisión nacía asimismo del interés supremo de la patria, ya que resulta evidente que Francia no retomará su puesto si el enemigo no es derrotado. Yo he querido seguir esta segunda vía. Para acompañarme a lo largo de este camino, miles de jóvenes franceses vinieron desde Francia y desde los cuatro rincones del mundo y sé, por innumerables testimonios, que otros cientos de miles arden en deseos de unirse a mí y lo harán en cuando les sea posible. No parece posible hoy que uno pueda todavía preguntarse cuál de estas dos vías es la buena, la vía francesa.

Los armisticios han situado a Francia y a su Imperio en una situación material y moral lamentable. Materialmente, Francia, ocupada en sus dos tercios y con su Imperio desarmado, se encuentra bajo yugo de alemanes y italianos. Cabe afirmar que ya no existe realmente una soberanía francesa. Por otro lado, el enemigo se está dedicando al pillaje de todo aquello que tiene algo de valor en el territorio ocupado. En la parte que no ocupa y que, con diferencia, es la menos rica, las dificultades laborales, de alimentación, de avituallamiento, son tales que la ruina y la hambruna se antojan inevitables. Moralmente, el pueblo francés está sometido a las peores dificultades; la así llamada restauración de la que se jactan los gobernantes de Vichy no es sino una triste y vana apariencia. Privado de toda posibilidad de pensar libremente, sometido a la abominable propaganda del enemigo y de sus cómplices, el pueblo francés se repliega sobre sí mismo, cada cual en su hogar, cierra los ojos y hace oídos sordos, cada cual en silencio espera la liberación. La liberación llegará. El bando de la libertad ha podido perder en Francia la batalla de vanguardia, pero el bando de la libertad ganará la guerra. En todo el mundo libre se encuentran inmensas fuerzas que, un día, aplastarán el diabólico complot de los tiranos. Las naciones de América Latina, tan sólidas en su añeja tradición católica o liberal, tan a buen título orgullosas de su pujante y moderna civilización, no pueden albergar dudas en su juicio ni en sus simpatías. Aquellos que, en América Latina, aman a Francia y creen que Francia es necesaria para el orden mundial, no pueden desear para Francia otra cosa que no sea la victoria. En cuanto a mí y a mis compañeros, no acariciamos otro objetivo que no sea el de combatir en aras de esta victoria. Y cuando mediante esta victoria hayamos devuelto a la patria su independencia, entonces, forjaremos de nuevo su grandeza. Forjaremos de nuevo su grandeza conjugando, al igual que lo hace América Latina, el poder de las tradiciones y la fuerza de las jóvenes pujanzas.