Charles de Gaulle, escritor

El Charles de Gaulle escritor es prácticamente desconocido para el público hasta 1954. Pocos son los lectores que supieron de sus cuatro grandes obras anteriores a la guerra (La discordia en el enemigo, El filo de la espada, Hacia el ejército profesional, Francia y su ejército) y de sus artículos, una veintena. Sus discursos no quedaron en forma de obras escritas, a falta de una publicación conjunta. La primera edición de los Discursos y Mensajes aparecida en 1946 tuvo una repercusión limitada. Solo cuando se publica el primer tomo de las Memorias de guerra, en 1954, el mundo de las letras reconoce el talento de su autor. Por desgracia, las Memorias de esperanza quedarán inconclusas.

Charles de Gaulle escribe desde su adolescencia y son numerosas sus obras del periodo de entre guerras. El arte del autor se forjó y evolucionó antes de presentarse con rotundidad. Sin embargo, hasta sus últimos escritos, el general de Gaulle tuvo dudas sobre sus capacidades.

Por otra parte, la escritura ocupa en la persona de Charles de Gaulle una importancia reseñable. Ante cada momento cargado de emoción, se expresó con la pluma. Afirma con convicción que lo que cuenta debe tratarse por escrito y, a menudo, se consideraba comprometido únicamente por la palabra escrita. Estando recluso, escapó de su celda escribiendo, así como redactando y declamando conferencias. Cuando en 1922 se publica su primer artículo sobre la campaña del Vístula, y posteriormente en 1924 La discordia en el enemigo, se le considera rápidamente como un soldado escritor y tal vez fuese esa una de las razones de su destino en el gabinete del mariscal Pétain, en calidad de oficial con dotes para la redacción. De hecho, con el Mariscal, que deseaba publicar con su nombre una obra dedicada al soldado, tendrá una suerte de conflicto literario entre autores, preludio de otras oposiciones.

Incluso en la presidencia de la República, corregía minuciosamente los textos que le entregaban. En ocasiones, ordenaba escribir de nuevo, dos o tres veces, un documento hasta lograr una versión satisfactoria. Detestaba la imprecisión, denostaba los recursos idiomáticos fáciles. No dejaba escapar ningún error de sintaxis, de vocabulario o de ortografía. Su puntuación obedecía a reglas precisas que consideraba personales: para él, la puntuación era la respiración de la frase, las comas “son las hermanas menores de los paréntesis”...

Es conocido el esmero con el que leía los libros que le enviaban y con el que redactaba las cartas que escribía a los autores. Asimismo, es notorio el interés especial que mostraba por la Academia Francesa, de la que era el protector. Había sido galardonado por la Academia Francesa en 1940 (premio Maximin Guérin) pero posteriormente declinó la propuesta de Georges Duhamel de ser elegido, desde el momento en que, como jefe del gobierno, se convirtió en protector de dicha institución. Saboreaba lo que llama en sus Memorias, "su labor perpetua”, es decir, la redacción de sus discursos y de todas sus intervenciones: mediante esta lucha con las palabras, por este combate con la escritura, de Gaulle logró influir en la historia y ser dueño del acontecimiento. En la acción cotidiana, su reflexión resulta indisociable de la escritura, siendo la reflexión escrita a menudo preludio de la acción. Cuando desea fijar su pensamiento durante una discusión, escribe y el pensamiento se materializa en una nota, una instrucción. Le concede mucha importancia al correo, haciendo gala de un excelente estilo epistolar, en cierta medida al modo del siglo XVII. Finalmente, alejado de las responsabilidades, su preocupación principal es la de enfrentarse a la página en blanco, la de analizar el pasado y prever el futuro. Su actividad de escritor se integra en cómo concibe él mismo su misión, así como la función que ocupa o ha ocupado. Cabe preguntarse si de Gaulle no fuese ante todo un escritor y si no deseaba mostrarse ante los ojos de la historia como un gran cronista. Sea como fuere, es el último autor de las Memorias de Estado, habiendo sido a la vez actor y escritor. Habría que remontarse a César y, en menor medida, a Guizot, para encontrar un ejercicio doble o triple de estadista, de soldado y de narrador. Richelieu, Luis XIV y Napoleón no llegaron a redactar por completo sus Memorias; Raymond Poincaré y Churchill no le dieron prioridad a la redacción literaria, y Retz y Chateaubriand no desempeñaron un papel fundamental en los acontecimientos que relatan. “Sí, como afirmaba Plinio, es un doble don de los Dioses el de participar en la Historia y poder escribirla con talento”, y con objetividad.