7 de abril de 1947 - Discurso del general de Gaulle en Estrasburgo

Discurso del general de Gaulle en Estrasburgo , 7 de abril de 1947

Al tomar la palabra en la place de Broglie, el general de Gaulle anuncia la creación del Reagrupamiento del Pueblo Francés.

Dos años han transcurrido desde que la gran victoria del Rin, lograda al alimón por los ejércitos norteamericano y francés, terminase de expulsar de las proximidades de Alsacia a los restos de fuerzas enemigas. De esta forma, Estrasburgo y el conjunto de ciudades y pueblos de dicha provincia sagrada se encontraron en adelante fuera del alcance de la artillería alemana. Dos años durante los cuales, una vez abatido definitivamente el enemigo, Francia, Europa, el mundo, han descubierto las duras realidades en las que deben desenvolverse para vivir. Dos años tras los cuales nuestro pueblo, a pesar de haber preservado su integridad y su independencia, a pesar de haber sabido zafarse de las grandes perturbaciones interiores, a pesar de haber retomado sus obligaciones con valentía rodeados de ruinas, se siente a veces embargado por una suerte de duda amarga y se pregunta, no sin cierta angustia, cuál será su devenir.

Ante esta duda, ante esta angustia, una gran nación como la nuestra no debe ceder, cueste lo que cueste. Sea como sea de duro el camino, sería indigno de nosotros y mortal de necesidad seguirlo con paso tembloroso. Los esclavos pueden gemir, los débiles ceder al pánico. Pero nosotros, nosotros somos hombres y mujeres libres, capaces de ver las cosas tal y como son, sin engañarnos, pero sin quedar obnubilados por espectros y fantasmas. Ya que Estrasburgo me ha honrado con su invitación, en este día que celebra la liberación definitiva de Alsacia, aquí en Estrasburgo voy a hablar del pasado, reciente, del presente y del futuro del país.

La guerra que acaba de terminar ha conmocionado profundamente las condiciones de la existencia y del poderío de Francia. ¡Cuántos incluso, en 1940, habrían podido creer en nuestro derrumbamiento! Derrumbamiento militar, ya que a pesar de episodios brillantes, nuestras tropas estaban derrotadas; derrumbamiento de las instituciones ya que el régimen abdicaba; derrumbamiento imperial, ya que, en ese abatimiento extremo, se hacía patente que la autoridad de la Francia de ultramar no podría mantenerse a largo plazo ante las poblaciones y ante el extranjero; derrumbamiento exterior, finalmente, desde el momento en que el universo podía suponer que en la caricatura del fascismo y en la capitulación que conformaban el sistema llamado de Vichy, habíamos renunciado a nosotros mismos.

Precisamente entonces la Francia libre tomó todas las riendas del poder, léase, asumió todos los deberes. En ese momento se responsabilizó de conducir a Francia hasta la salvación, se encargó de mantener intactos su integridad, su independencia y sus derechos, se ocupó de relanzar al combate a sus ejércitos de tierra, mar y aire y de guiarlos hasta la victoria total, se comprometió a devolverle su soberanía sobre ella misma, es decir, la República. Reconozcamos de paso que si para soportar dicha carga hizo frente a numerosos obstáculos, encontró por otro lado pocos competidores y que, en concreto, los partidos hicieron gala en aquel entonces de una muy loable discreción. Reconozcamos, sobre todo, que a medida que los acontecimientos iban alentando la esperanza, la masa de la nación prestaba a la Francia combatiente su adhesión y su confianza. De esta forma, vimos cómo nuestro país, yaciente bajo la opresión, volvía a levantarse, y cómo los resultados finalmente correspondían con los objetivos fijados y las promesas realizadas, es decir: la victoria lograda, la libertad reconquistada, la soberanía del pueblo íntegramente restablecida.

Sin embargo, una vez alcanzada nuestra liberación, dejábamos atrás la desgracia marcados por dos aspectos peligrosamente contradictorios. Por un lado, la gravedad de nuestras heridas físicas y morales mostraba ante todas las miradas que, para curarlas lentamente y renovarnos de tal forma que quedasen aseguradas, en un mundo nuevo, nuestra prosperidad, nuestra influencia y nuestra independencia, resultaba indispensable que el pueblo francés dejase momentáneamente de lado sus antiguas disputas y supiese marcarse a sí mismo una dirección, es decir, un Estado, capaz de guiarlo hacia su destino con imparcialidad, autoridad y continuidad. Pero, por su parte, las viejas divisiones, ahondadas y agravadas por las dificultades nacionales y por la tragedia siempre presente cual espada de Damocles, surgían de nuevo. Los partidos, que las estimulan y las enmarcan, tienden a hacerse más rígidos y más exclusivos que nunca. De hecho, el carácter inquietante y excepcional de las ambiciones, de la táctica, de los procedimientos de uno de ellos, los empujaba a organizarse de manera más o menos análoga. Asimismo, la clientela de cada cual rebosaba ante todo de aversión y de temor frente al resto. Estas diversas condiciones abocaban a una situación en la que, dado que ningún partido podía por sí solo dirigir el Estado, todos o varios querrían repartírselo. Dicho reparto del poder público entre rivalidades solo podría paralizarlo.

Por mi parte, como saben, me he ocupado tanto como me ha sido posible de llevar las riendas del Estado y de dirigir el gobierno, sin tomar en consideración otra cosa que no fuesen las necesidades impuestas por el interés común. De hecho, no he dudado en rodearme de hombres de toda tendencia, convencido de que, para lograr la liberación del país, poner fin a la guerra contra Alemania y Japón, evitar las choques civiles o sociales, asegurar un primer arranque de nuestra actividad en medio de los destrozos y las ruinas, presentar finalmente a las potencias extranjeras una Francia aglutinada, nada importaba más que establecer y mantener, todo el tiempo posible, una elemental unanimidad francesa, a pesar de los inconvenientes derivados inevitablemente de la acción gubernamental.

Pero una vez alcanzada la victoria y consultado el país por vía de las elecciones, se mostraron los partidos, impacientes por su advenimiento, en concreto, respecto de mí, y de acuerdo entre ellos sobre un solo punto: que se les dejase vía libre. En tales circunstancias, y descartada por mí mismo toda aventura plebiscitaria, de la cual estoy convencido de que, en el estado anímico del público y en la coyuntura internacional, habría derivado finalmente en desastrosas perturbaciones, solo quedaban, para el hombre que les habla, dos soluciones posibles. O bien entrar en el juego de los partidos, lo que considero que habría rebajado sin beneficio alguno esta especie de capital nacional que los acontecimientos le han empujado a representar, para acabar rápidamente transigiendo en lo esencial; o bien dejar a los partidos que experimenten por sí mismos, no sin haber antes reservado expresamente al propio pueblo la capacidad de decidir, por la vía del referéndum, sobre el régimen que se habría de adoptar. He optado por esta segunda solución. Posteriormente, yo mismo he propuesto de forma pública las instituciones que me parecían imponerse para Francia y para la Unión Francesa y he dirigido en el momento adecuado a mis conciudadanos advertencias encarecidas en cuanto al juicio que iban a emitir.

Sabemos cuál ha sido el resultado. La Constitución, según la cual todos los poderes emanan y dependen a su vez para su funcionamiento, directa y exclusivamente, de los partidos y de sus combinaciones, fue aceptada por 9 millones de electores, rechazada por 8 millones e ignorada por otros 8. ¡Pero entró en vigor! Podemos hoy ser testigos de lo que da de sí. Evitemos, por otro lado, culpar a los hombres, algunos de ellos -y lo digo por propia experiencia- con gran dignidad y capacidad para dirigir los diversos ámbitos de las cuestiones públicas, desorientados o paralizados por el propio sistema. En todo caso, queda claro que la nación no dispone, para guiarla, de un Estado, cuya cohesión, eficiencia y autoridad estén a la altura de las problemáticas que se interponen en su camino.

Ya que dichos problemas son de tal envergadura, de tal complejidad y de tal urgencia, que no se asemejan en modo alguno a aquellos que Francia enfrentaba antaño, firmemente asentada en su riqueza, en un mundo claramente conocido y definido. ¡Hoy en día, está todo en juego y todo a la vez! La acción económica, la acción social, la acción imperial, la acción exterior, por no mencionar más que las cuestiones de mayor peso y más llamativas, nos llaman y nos empujan, mientras vamos dando tumbos por un camino bordeado de abismos.

¿Acción económica? En valor absoluto, hemos perdido, como consecuencia de la guerra, la mitad de nuestra fortuna nacional. En valor relativo, respecto a otras naciones que, antes o durante la guerra, modernizaron sus herramientas y sus métodos, hemos quedado más rezagados todavía. ¿La amenaza? Es la mediocridad creciente que aboca a la miseria. ¿La tarea que desempeñar? Primero, tomar como punto de partida una base sólida, estabilizando la moneda, lo que implica en primer lugar una reducción considerable de los gastos y, por consiguiente, de las actividades del Estado. A continuación, incrementar nuestra producción, tanto agrícola como industrial, lo que exige que todo el mundo trabaje al máximo, que acojamos a dos millones de trabajadores extranjeros, que consigamos, por todos los medios comerciales y diplomáticos posibles, al menos la mitad del carbón que podemos extraer, que dotemos de equipos modernos a nuestra agricultura, a nuestras fábricas y a nuestra minas, que la mentalidad de empresa, la iniciativa, la emulación, se vean en todos los ámbitos estimuladas y recompensadas, que, por principio, se restablezca la libertad en cada rama de la actividad, en cuanto sea posible un equilibrio entre la oferta y la demanda.

¿Acción social? ¿Tendremos, por lo tanto, que seguir en este estado de ruinoso y exasperante malestar en el que los hombres que trabajan codo con codo en una misma tarea opongan orgánicamente sus intereses y sus sentimientos? ¿Acaso estamos condenados a oscilar de forma siempre dolorosa entre un sistema en virtud del cual los trabajadores serían simples instrumentos en la empresa a la que pertenecen y otro que aplastaría a todos y cada uno de ellos, en cuerpo y alma, en una odiosa maquinaria totalitaria y burocrática? ¡No! La solución humana, francesa, práctica a esta sempiterna cuestión no se encuentra ni en esta degradación de unos, ni en esta servidumbre de todos.  Se encuentra en la asociación digna y fructífera de aquellos que pusiesen en común, en el seno de una misma empresa, ya sea su trabajo, su técnica, sus bienes, y que deberían compartir, a pecho descubierto y como honrados accionistas, los beneficios y los riesgos. Sin duda, no es esta la vía propuesta, ni por aquellos que se niegan a reconocer que incrementar la dignidad del hombre no solo es un deber moral sino también una condición de rendimiento, ni aquellos que conciben el futuro en forma de hormiguero. ¿Pero entonces? ¡Es la vía de la concordia y de la justicia floreciente en la libertad!

¿Acción imperial? ¡Porque fuimos capaces de abrir al progreso moderno tierras que, en el pasado, malvivían entre los abusos, la miseria y la anarquía, porque no sabríamos renunciar a cumplir con los deberes que hemos asumido sin dejarlos a su suerte o entregarlos a las ambiciones del resto, porque al perderlas estaríamos perdiendo nuestro estatus de gran potencia, tenemos, frente al mundo entero, el derecho y el deber de mantener viva y próspera la Unión Francesa, que hemos proclamado en el peor momento de la peor de las guerras! Acompañar a cada una de las entidades humanas que formaban ayer nuestro Imperio en su desarrollo por cuenta propia, en su marco, para su beneficio, lograr que saquen partido económico, social, moral e intelectual de aquello de lo que somos capaces, asociarla con la Metrópolis en condiciones adecuadas, ya sean a su grado de desarrollo, ya sea a los tratados que hemos suscrito, pero reservar a la experiencia, a la sabiduría, a la autoridad de Francia, la responsabilidad superior del orden público, de la acción exterior, de la defensa frente al exterior y de las actividades económicas ligadas a la comunidad... ¡He aquí la tarea que se nos presenta! El esfuerzo es grande, el deber es pesado, pero el reto está a la altura de Francia.

¿Acción exterior? Nos encontramos ya en un universo completamente diferente de aquel en el que nuestro país había vivido durante siglos. Durante tiempo, estuvimos acostumbrados a una Europa equilibrada, donde cinco o seis grandes potencias, a pesar de rivalizar entre ellas y de hacerse la guerra periódicamente una a la otra, tenían una civilización parecida, una manera común de vivir, un mismo derecho de las gentes, donde los Estados menos importantes se encontraban protegidos por la paridad de los mayores, donde nuestro viejo continente, de hecho, dominaba el mundo por su riqueza, su poderío, su proyección, donde Francia podía llevar a cabo, con más o menos fortuna según las circunstancias, pero siempre a voluntad, una política tradicional, basada en datos constantes. ¡La situación ha cambiado radicalmente!

Nuestro planeta, tal cual es hoy, presenta dos masas enormes, ambas proclives a la expansión, pero animadas por disposiciones esencialmente diferentes y, por las mismas, por corrientes ideológicas opuestas. Norteamérica y Rusia, aunque podamos esperar que no se conviertan en enemigas, son automáticamente rivales. Máxime cuando el estrechamiento de la tierra, derivado de la evolución técnica, las pone en contacto por doquier, es decir, en guardia aquí y allá, y cuando el invento de medios de destrucción terribles introduce en sus relaciones un enconado elemento de inquietud, por no decir de angustia. En tal situación, emplazados donde estamos, mantener nuestra independencia se convierte para nosotros en el problema candente y fundamental.

Implica, de entrada, que el destino del pueblo alemán quede zanjado de tal manera que las ambiciones, los medios, la orientación de nuestro vecino no puedan ya más adelante representar una amenaza. Implica, paralelamente, que nos comprometamos a rehacer Europa, para que exista, junto a las dos masas actuales, el elemento de equilibrio sin el cual el mundo de mañana podría tal vez subsistir bajo el régimen jadeante de los modus vivendi, pero nunca respirar hondo y florecer en la paz. Implica, asimismo, que contribuyamos, en toda la medida de nuestra influencia y de nuestras posibilidades, a mantener viva la cooperación internacional y sus nacientes instituciones, para que toda causa eventual de conflicto pueda ser estudiada y juzgada a tiempo ante la opinión de la Humanidad en su conjunto. Implica, finalmente, que sigamos siendo nosotros mismos, es decir, Occidentales, fieles a una concepción del hombre, de la vida, del derecho, de las relaciones entre los Estados, que nos ha forjado tal y como somos, que siempre ha estado ligada a nuestra influencia así como a nuestra proyección, y que debemos defender y hacer valer en el tumulto del mundo, para servir y para sobrevivir.

¡He aquí, en verdad, el punto en el que nos encontramos y he aquí lo que tenemos que hacer! Si no fuésemos el pueblo francés, podríamos arredrarnos ante dicha tarea y sentarnos al borde del camino, abandonándonos al Destino. ¡Pero somos el pueblo francés! Mientras que muchos nos daban por perdidos o, cuando menos, por muy enfermos, hemos sabido desplegar el esfuerzo heroico y organizado de la resistencia nacional, que nos ha permitido salir, contándonos entre los vencedores, del mayor de los dramas de nuestra Historia. En este mismo momento, nuestros soldados, que restablecen la paz en Indochina, hacen gala de una valentía y una entrega inéditas. ¡No nos hemos vuelto ni bestias, ni perezosos, ni corruptos! ¡A pesar de todas estas pérdidas, nuestra raza no está en riesgo de extinción e incluso las jóvenes madres de Francia trajeron al mundo, el año pasado, más hijos de los se habían visto anualmente desde hace un siglo! Cierto es que nuestra pena es grande y nuestra carga pesada, pero todas las naciones tienen las suyas y algunas de ellas las sufren tanto como nosotros.

Pero se trata, hoy en día, de salir adelante, de resolver virilmente, mediante un esfuerzo ímprobo y sostenido, los problemas que amenazan nuestra vida y nuestra grandeza. ¡Ya hemos escuchado la causa! No triunfaremos dividiéndonos por categorías rígidas y enfrentadas. No triunfaremos si el Estado, guía de la nación, se construye para funcionar sobre la única base de dichas divisiones y de las agrupaciones que las expresan. La República, que hemos rescatado de la tumba donde la había sepultado antes la desesperanza nacional, la República que habíamos soñado mientras luchábamos por ella, la República que ahora debe equivaler a nuestra renovación, será la eficiencia, la concordia y la libertad, o no será sino impotencia y desilusión, en espera o bien de desaparecer, de mano en mano, bajo una cierta dictadura, o bien de perder, en la anarquía, hasta la independencia de Francia.

Ha llegado el momento de que las francesas y los franceses que piensan y sienten así, es decir, estoy seguro, la gran mayoría de nuestro pueblo, se reúnan para demostrarlo. Ha llegado el momento de formar y organizar el Reagrupamiento del Pueblo Francés que, dentro del marco legal, va a promover y hacer prevalecer, por encima de las diferencias de opinión, el gran esfuerzo de salvación común y la reforma profunda del Estado. ¡De esta manera, mañana, mediante el acuerdo de actos y voluntades, la República francesa levantará la nueva Francia!