4 de septiembre de 1958 – Discurso del general de Gaulle en la place de la République de París

El día del aniversario de la proclamación de la República en 1870, el general de Gaulle presenta al pueblo francés el proyecto de Constitución que el gobierno acaba de adoptar, y que será sometido al referéndum del 28 de septiembre.

Fue en un momento en el que había que reformarse o quebrarse cuando nuestro pueblo, por primera vez, recurrió a la República. Hasta entonces, a lo largo de los siglos, el Antiguo Régimen había logrado la unidad y mantenido la integridad de Francia. Sin embargo, mientras que una inmensa ola de fondo iba tomando forma en las profundidades, se mostraba incapaz de adaptarse a un mundo nuevo. Fue entonces cuando, en medio de la tormenta nacional y de la guerra extranjera, surgió la República. Ella era la soberanía del pueblo, la llamada a la libertad, la esperanza de la justicia. Debía permanecer así a través de las peripecias agitadas de su historia. Hoy en día, más que nunca, queremos que lo siga siendo.

Cierto es que la República ha asumido formas diversas a lo largo de sus reinos sucesivos. En 1792, la vimos -revolucionaria y guerrera- acabar con tronos y privilegios, para sucumbir, ocho años más tarde, a los abusos y las perturbaciones que no fue capaz de contener. En 1848, la vimos alzarse por encima de las barricadas, resistirse a la anarquía, mostrarse social en su interior y fraternal en su exterior, para deshacerse poco después, a falta de haber sumado el orden al ímpetu de renovación. El 4 de septiembre de 1870, al día siguiente de Sedán, la vimos ofrecerse al país para reparar el desastre.

De hecho, la República supo volver a levantar Francia, recomponer los ejércitos, recrear un vasto imperio, forjar de nuevo sólidas alianzas, elaborar buenas leyes sociales, desarrollar la instrucción. Con tal acierto, que fue gloriosamente capaz de garantizar, durante la Primera Guerra Mundial, nuestra salvación y nuestra victoria. El 11 de noviembre, cuando el pueblo se reúne y las banderas se inclinan para la conmemoración, el homenaje que la patria ofrece a aquellos que la sirvieron bien se dirige también a la República.

Sin embargo, el régimen escondía vicios de funcionamiento que podían parecer soportables en una época bastante estática, pero que ya no eran compatibles con los movimientos humanos, los cambios económicos y los peligros exteriores que precedían a la Segunda Guerra Mundial. A falta de haber puesto remedio, los trágicos acontecimientos de 1940 lo arrasaron todo. No obstante, cuando el 18 de junio se inició el combate por la liberación de Francia, se proclamó paralelamente que la República por reconstruir sería una República nueva. La resistencia en su conjunto no cesó de afirmarlo.

Sabemos, y lo sabemos demasiado bien, qué fue de aquellas esperanzas. Sabemos, y lo sabemos demasiado bien, que una vez pasado el peligro, todo se dejó plenamente, para su confusión, en manos de los partidos. Sabemos, y lo sabemos demasiado bien, cuáles fueron las consecuencias. A fuerza de inconsistencia y de inestabilidad, e independientemente de las intenciones, e incluso a menudo del valor de los hombres, el régimen se vio privado de la autoridad interior y de la garantía exterior, sin las cuales no podía actuar. Resultaba inevitable que la parálisis del Estado conllevase una grave crisis nacional y que, de inmediato, la República se viese en peligro de derrumbamiento.

Se ha hecho lo necesario para evitar lo irremediable en el instante mismo en que estaba a punto de producirse. Se logró evitar, de milagro, el desgarro de la nación. Hemos podido salvaguardar la última oportunidad de la República. En la misma legalidad, yo mismo y mi gobierno hemos asumido el mandato excepcional de elaborar un proyecto de nueva Constitución y de someterlo a la voluntad del pueblo.

Lo hemos hecho sobre la base de principios formulados en el momento de nuestra investidura. Lo hemos hecho con la colaboración del Consejo consultivo legalmente instituido. Lo hemos hecho considerando el dictamen solemne del Consejo de Estado. Lo hemos hecho tras deliberaciones muy libres y muy profundas de nuestros propios Consejos de ministros, con una composición de personas tan variada como quepa imaginar, en cuanto a orígenes y tendencias, pero firmemente solidarios. Lo hemos hecho, sin haber atentado, en el ínterin, contra ningún derecho del pueblo, ni contra libertad pública alguna. La nación, juez absoluto, aprobará o reprobará nuestra obra. Pero se la proponemos con plena consciencia.

Lo que para los poderes públicos resulta ya primordial es su eficacia y su continuidad. Vivimos en un tiempo en el que fuerzas gigantescas están transformando el mundo. So pena de convertirnos en un pueblo caduco y denostado, nos vemos obligados a evolucionar con celeridad en los ámbitos científico, económico y social. Por otro lado, a dicho imperativo responden el gusto por el progreso y la pasión por los logros técnicos que van viendo la luz entre los franceses y, ante todo, entre nuestra juventud. Estamos ante hechos que dominan nuestra existencia nacional y que deben, por consiguiente, regir nuestras instituciones.

La necesidad de renovar la agricultura y la industria, de proporcionar los medios vitales, laborales, de instrucción y de alojamiento a nuestra población rejuvenecida, así como de hacer partícipes a los trabajadores de la marcha de las empresas, nos empuja, en las diferentes cuestiones públicas, a ser dinámicos y expeditivos. El compromiso de devolver la paz a Argelia, para a continuación revalorizarla, en definitiva, el de zanjar la cuestión de su estatuto y de su lugar en nuestra conjunto, nos imponen esfuerzos difíciles y prolongados. Las perspectivas que nos abren los recursos del Sáhara son magníficas, sin duda, pero complejas. Las relaciones entre la metrópolis y los territorios de ultramar exigen una profunda adaptación. El universo está atravesado por corrientes que cuestionan el futuro de la especie humana y empujan a Francia a tomar medidas, sin dejar de jugar el papel de mesura, de paz y de fraternidad dictadas por su vocación. En suma, la nación francesa florecerá de nuevo o perecerá en la medida en que el Estado tenga o no tenga suficiente fuerza, constancia y prestigio para guiarla allí donde debe ir.

Por lo tanto, el proyecto de Constitución se ha elaborado en función del pueblo que somos, del siglo en el que vivimos y del mundo que nos engloba. Que el país pueda ser definitivamente dirigido por aquellos que reciban su mandato y les otorgue la confianza nacida de la legitimidad. Que exista, por encima de luchas políticas, un árbitro nacional, elegido por los ciudadanos titulares de un mandato público, cuyo contenido es el de asegurar el funcionamiento regular de las instituciones, con el derecho de recurrir a la opinión del pueblo soberano, respondiendo en caso de extremo peligro de la independencia, del honor y de la integridad de Francia así como de la salvación de la República. Que exista un gobierno nacido para gobernar, al que se le concedan el tiempo y el espacio, que no se oriente a otra cosa que no sea su tarea, y que, por ello, se gane la adhesión del país. Que exista un parlamento destinado a representar la voluntad política de la nación, a votar las leyes, a controlar al ejecutivo, sin pretensión de extralimitarse en su papel. Que gobierno y parlamento colaboren pero permanezcan separados en cuanto a sus responsabilidades y que ningún miembro de uno pueda, al mismo tiempo, pertenecer al otro. Esta es la estructura equilibrada que debe tomar el poder. El resto dependerá de los hombres.

Que un consejo económico y social, nombrado fuera de la política por las organizaciones profesionales y sindicales del país y de ultramar, ofrezca sus dictámenes al parlamento y al gobierno. Que un comité constitucional, libre de toda atadura, tenga la suficiente aptitud para ponderar si las leyes votadas se adecúan a la Constitución y si las diversas elecciones se han celebrado correctamente. Que se salvaguarde independencia de la autoridad judicial y que esta se erija como guardiana de la libertad de cada cual. La competencia, la dignidad y la imparcialidad del Estado gozarán así de mayores garantías.

Que entre la nación francesa y aquellos territorios de ultramar que lo deseen se forme una Comunidad, en el seno de la cual cada territorio se convertirá en un Estado responsable de su propio gobierno, mientras que la política exterior, la defensa, la moneda, la política económica y financiera, la de las materias primas, el control de la justicia, la enseñanza superior y las comunicaciones de larga distancia constituirán un ámbito común que incumbirá a los órganos de dicha Comunidad: Presidente, Consejo ejecutivo, Senado, Tribunal de arbitraje. De esta manera, esta vasta organización renovará el conjunto humano agrupado en torno a Francia. Se llevará a cabo en virtud de la libre determinación colectiva. De hecho, cada territorio gozará de la facultad, ya sea de aceptar mediante su voto en referéndum la propuesta de Francia, ya sea de rechazarla y, por ende, de romper con ella todo vínculo. Convertido en miembro de la Comunidad, podrá en el futuro, tras haber alcanzado un acuerdo con los órganos comunes, tomar las riendas de su propio destino, con independencia del resto.

Que finalmente, durante los cuatro meses siguientes al referéndum, el gobierno asuma la responsabilidad de los asuntos del país y determine, en concreto, el régimen electoral. De este modo, podrán tomarse, en virtud del mandato concedido por el pueblo, las disposiciones necesarias para la puesta en marcha de nuevas instituciones.

He aquí, francesas y franceses, en qué se inspira y en qué consiste la Constitución que, el 28 de septiembre, será sometida a vuestros votos. Os pido de todo corazón, en nombre de Francia, que respondáis: ¡SÍ!

De no ser así, volveremos ese mismo día a los desaciertos que ya conocéis. ¡En caso afirmativo, el resultado será una República fuerte y eficaz, siempre que los responsables sepan entonces hacerlo realidad! Pero en dicha manifestación positiva de la voluntad nacional, también se encontrará la prueba de que nuestro país vuelve a encontrar la unidad, y con ello, las ocasiones de su grandeza. El mundo, para el que resulta evidente la importancia que nuestra decisión conlleva para sí mismo, sacará sus conclusiones. ¡Tal vez incluso ya las haya sacado! Una gran esperanza embargará a Francia. ¡Creo que ya lo ha hecho!

¡Viva la República!

¡Viva Francia!