25 de agosto de 1944 – Discurso del general de Gaulle en el Ayuntamiento de Paris

El 25 de agosto, París se ve liberada por la acción conjunta de la policía parisina, de las fuerzas interiores sublevadas en la capital y de la división blindada del general Leclerc, que doblegó a las posiciones alemanas en la zona sur de la periferia y en los últimos núcleos de resistencia del enemigo en el Majestic, en Luxemburgo, en el Palais-Bourbon, rue Royale, etc. El general de Gaulle hace su entrada en la ciudad a las 4 de la tarde, por la puerta de Orleans. Primero se dirige a la estación Montparnasse, donde el general Leclerc recibe la capitulación del Comandante de las fuerzas alemanas de París, y da sus órdenes para garantizar la cobertura de la capital hacia el norte. Se instala a continuación en el ministerio de la Guerra, rue Saint-Dominique, y fija allí la sede de la Presidencia del gobierno. Tras una visita a la Prefectura de policía, donde se han entablado los combates para la liberación de París, el general de Gaulle se encamina hacia Ayuntamiento, donde le espera la autoridad municipal provisional (Comité parisino de la Liberación), el Comité Nacional de la Resistencia, destacamentos de combatientes, así como una inmensa muchedumbre. Tras los discursos que le dirigen Marrane, en nombre del Comité parisino de la Liberación, y Bidault, presidente del Comité Nacional de la Resistencia, pronuncia la alocución improvisada siguiente:

¿Por qué quieren ustedes que disimulemos la emoción que nos embarga a todos, hombres y mujeres, que estamos aquí, en nuestra propia casa, en un París alzado para liberarse y que ha sabido hacerlo por sí mismo?

¡No! No disimularemos esta emoción profunda y sagrada. Asistimos aquí a momentos que sobrepasan cada una de nuestras pobres vidas.

¡París! ¡París ultrajado! ¡París doblegado! ¡París martirizado! ¡Y sin embargo, París liberado! Liberado por sí mismo, liberado por su pueblo con la ayuda de las tropas de Francia, con el apoyo y la participación de toda Francia, de la Francia combativa, de la única Francia, de la Francia auténtica, de la Francia eterna.

¡Pues bien! Ya que el enemigo que ocupaba París ha capitulado en nuestras manos, Francia vuelve a París, vuelve a su casa. Retorna ensangrentada, pero llena de resolución. Retorna, a la luz de la inmensa lección, pero más convencida que nunca, de sus deberes y de sus derechos.

Antepongo sus deberes, y los resumiría todos diciendo que, por el momento, se trata de deberes bélicos. El enemigo se tambalea pero todavía no ha sido vencido. Sigue en nuestra tierra. Ni siquiera será suficiente que, con la ayuda de nuestros valiosos y admirables aliados, lo hayamos expulsado de nuestra casa para que nos demos por satisfechos, tras lo que ha ocurrido. Queremos entrar en su territorio como se debe, como vencedores. Por ello mismo la vanguardia francesa ha entrado en París a golpe de cañón. ¡Por ello mismo el gran ejército francés de Italia ha desembarcado en el Mediodía! Y remonta veloz el valle del Ródano. Por ello mismo nuestras valerosas y estimadas fuerzas del interior van a armarse con material moderno. Por esta misma revancha, esta venganza y esta justicia, proseguiremos el combate hasta el último día, hasta el día de la victoria total y completa. Dicho deber bélico exige la unidad nacional, como bien saben todos los hombres aquí presentes y todos aquellos que nos escuchan en Francia. El resto de nosotros, que habremos vivido las más trascendentes horas de nuestra Historia, no podemos desear nada que no sea mostrarnos, hasta el final, dignos de Francia. ¡Viva Francia!