16 de junio de 1946 – Discurso del general de Gaulle en Bayeux

El discurso de Bayeux

En nuestra Normandía, gloriosa y mutilada, Bayeux y sus alrededores fueron testigos de uno de los mayores acontecimientos de la Historia. Damos testimonio de su dignidad. Precisamente aquí es donde, cumplidos cuatro años del desastre inicial de Francia y de los Aliados, arrancó la victoria final de los Aliados y de Francia. Precisamente aquí es donde el esfuerzo de aquellos que nunca habían cedido, y en torno a los cuales, a partir del 18 de junio de 1940, se había aglutinado el instinto nacional y se había rehecho el poderío francés, sacó de los acontecimientos su decisiva justificación.

Al mismo tiempo, precisamente aquí, sobre la tierra de los ancestros, resurgió el Estado; el Estado legítimo, porque se fundamentaba en el interés y el sentimiento de la nación; el Estado cuya soberanía real se había visto arrastrada del lado de la guerra, de la libertad y de la victoria, mientras que la servidumbre solo fingía conservarlas; el Estado salvaguardado en sus derechos, su dignidad, su autoridad, rodeado de las vicisitudes de la privación y de la intriga; el Estado preservado de las injerencias extranjeras; el Estado capaz de restablecer a su alrededor la unidad nacional y la unidad imperial, de aglutinar todas las fuerzas de la patria y de la Unión Francesa, de llevar la victoria a buen puerto, conjuntamente con los Aliados, de tratar de igual a igual con el resto de grandes naciones del mundo, de preservar el orden público, de lograr que se aplique la justicia y de comenzar nuestra reconstrucción.   

Si dicha obra magna hubo de llevarse a cabo fuera del marco anterior de nuestras instituciones, es porque estas no habían respondido a las necesidades nacionales y, por sí mismas, habían abdicado en la tormenta. La salvación debía venir de otro frente. Primero, vino de una elite, espontáneamente surgida de las profundidades de la nación y que, claramente por encima de toda preocupación partidista o clasista, se entregó al combate para la liberación, la grandeza y la renovación de Francia. Sentimiento de su superioridad moral, consciencia de ejercer une suerte de sacerdocio del sacrificio y del ejemplo, pasión por el riesgo y la empresa, desprecio de las agitaciones, pretensiones, exageraciones, confianza soberana en la fuerza y en la estratagema de su poderosa conjura, así como en la victoria y en el futuro de la patria, tal fue la psicología de dicha élite, surgida de la nada y que, a pesar de graves pérdidas, debía arrastrar tras de sí a todo el Imperio y a toda Francia.

Sin embargo, nunca lo hubiese logrado sin la adhesión de la inmensa masa francesa. Esta, de hecho, en su voluntad instintiva de supervivencia y triunfo, no había visto en el desastre de 1940 más que una peripecia de la guerra mundial en la que Francia servía de vanguardia. Si muchos se plegaron, a la fuerza, a las circunstancias, la cantidad de ellos que las aceptaron en su mente y en su corazón fue literalmente ínfima. En ningún momento Francia llegó a creer que el enemigo no fuese tal y que la salvación estuviese fuera de las armas de la libertad. A medida que se iban rasgando los velos, el sentimiento profundo del país emergía en su realidad. Allí donde aparecía la cruz de Lorena se derrumbaban los cimientos de una autoridad que no era sino ficticia, a pesar de su aparente base constitucional. Tan cierto como que los poderes públicos solo valen, de hecho y de derecho, si concuerdan con el interés superior del país, si se asientan en la adhesión confiada de los ciudadanos. En materia de instituciones, construir sobre cualquier otra base, sería como levantar castillos de arena. Sería arriesgarse a ver derrumbarse el edificio de nuevo ante una de estas crisis a las que nuestro país, por la naturaleza de las cosas, se encuentra tan a menudo expuesto.

He aquí por qué, una vez garantizada la salvación del Estado, en la victoria lograda y la unidad nacional mantenida, la tarea sin duda urgente y esencial consistía en establecer nuevas instituciones francesas. En cuanto ello fue posible, se invitó por lo tanto al pueblo francés a elegir a sus constituyentes, mientras se fijaba a su mandato límites determinados y se reservaba para sí mismo la decisión definitiva. A continuación, tras haber encarrilado el proyecto, nos retiramos de escena por nuestro propio pie, no solo para no comprometer en la lucha de los partidos lo que en virtud de los acontecimientos podemos simbolizar, y que pertenece a la nación en su conjunto, sino para que ninguna consideración relativa a un hombre, mientras dirigía el Estado, pudiese falsear en sentido alguno la obra de los legisladores.

No obstante, la nación y la Unión Francesa esperan todavía una Constitución realizada a su medida y que puedan aprobar gozosamente. A decir verdad, si se puede lamentar que el edificio esté pendiente de construir, cada cual reconocerá sin duda que postergar un tanto el éxito vale más que una solución rápida e inadecuada.

A lo largo de un periodo de tiempo que no llega a duplicar la vida de un hombre, Francia ha sido invadida siete veces y ha puesto en marcha trece regímenes, ya que todo se sustenta en los males de un pueblo. Tantos sobresaltos han acumulado en nuestra vida pública venenos con los que se intoxica nuestra ancestral tendencia gala a las divisiones y a las disputas. Las pruebas inauditas que acabamos de soportar no han hecho sino agravar, naturalmente, dicha condición. La situación actual del mundo donde, tras ideologías opuestas, se enfrentan Potencias entre las cuales nos encontramos, no cesa de introducir en nuestras luchas políticas un factor de distorsión apasionada. En suma, la rivalidad de los partidos se tiñe, entre nosotros, de un carácter fundamental, que siempre lo cuestiona todo y bajo el que se difuminan demasiado a menudo los intereses superiores del país. Es este un hecho patente, ligado al temperamento nacional, a las peripecias de la Historia y a los quebrantos del presente. Resulta sin embargo indispensable para el futuro del país y de la democracia que nuestras instituciones lo tengan en cuenta y se protejan de ello, con el fin de preservar el crédito de las leyes, la cohesión de los gobiernos, la eficiencia de las administraciones, el prestigio y la autoridad del Estado.

Y es que, de hecho, las perturbaciones del Estado producen de forma inexorable la desafección de los ciudadanos frente a las instituciones. Basta entonces una ocasión para hacer surgir la amenaza de la dictadura. Máxime cuando la organización en cierta forma mecánica de la sociedad moderna hace cada día más necesarios y más deseados el buen orden en la dirección y el funcionamiento regular de los engranajes. ¿Entonces, cómo y por qué tocaron a su fin entre nosotros la Primera, la Segunda y la Tercera Repúblicas? ¿Entonces, cómo y por qué la democracia italiana, la República alemana de Weimar, la República española, abrieron la puerta a los regímenes que conocemos? ¿Y sin embargo, qué es la dictadura sino una gran aventura? Sin duda, sus comienzos parecen ventajosos. Sumidos en el entusiasmo de unos y la resignación de otros, en el rigor del orden que impone, en favor de un marco imponente y de una propaganda unívoca, toma al principio un aire de dinamismo que contrasta con la anarquía que la había precedido. Pero el destino mismo de la dictadura es exagerar sus empresas. A medida que va fraguando entre los ciudadanos la impaciencia de las limitaciones y la nostalgia de la libertad, se ve obligada, cueste lo que cueste, a ofrecer en compensación logros cada vez mayores. La nación se convierte en una máquina a la que el amo impone un ritmo desenfrenado. Ya sean propósitos interiores o exteriores, los objetivos, los riesgos, los esfuerzos van, poco a poco, haciéndose desmesurados. A cada paso surgen, fuera y dentro, múltiples obstáculos. Finalmente, la motivación se agota. El grandioso edificio se derrumba, sumiéndose en la desgracia y la sangre. La nación se encuentra quebrada, más hundida de lo que estaba antes de lanzarse a la aventura.

Basta con mencionar esto para entender hasta qué punto se hace necesario que nuestras nuevas instituciones democráticas compensen, por sí mismas, los efectos de nuestra perpetua efervescencia política. He aquí, asimismo, une cuestión vital para nosotros, en el mundo y en el siglo en que nos encontramos, donde la posición, la independencia y hasta la existencia de nuestro país y de nuestra Unión Francesa se encuentran claramente en juego. Cierto es que está en la misma esencia de la democracia el que las opiniones se expresen y se esfuercen, mediante el sufragio, en orientar de acuerdo a sus esquemas la acción pública y la legislación. Pero también todos los principios y todas las experiencias exigen que los poderes públicos -legislativo, ejecutivo, judicial- queden netamente separados y fuertemente equilibrados y que, más allá de contingencias políticas, se establezca un arbitraje nacional que haga valer la continuidad en las diversas combinaciones.

Se hace claro y patente que el voto definitivo de las leyes y los presupuestos corresponde a una Asamblea elegida mediante sufragio universal y directo. No obstante, el primer movimiento de tal Asamblea no conlleva obligatoriamente une clarividencia y una serenidad completas. Por lo tanto, es necesario atribuir a una segunda Asamblea, elegida y compuesta de otra forma, la función de examinar públicamente lo que la primera haya abordado, de formular enmiendas, proponer proyectos. Sin embargo, si las grandes corrientes de política general tienen naturalmente su eco en el seno de la Cámara de Diputados, la vida local, por su parte, posee sus tendencias y sus derechos. Los tiene en la Metrópolis. Los tiene, en primer lugar, en los territorios de ultramar, vinculados a la Unión Francesa por lazos muy diversos. Los tiene en este Sarre a quien la naturaleza de las cosas, descubierta por nuestra victoria, muestra una vez más su lugar entre nosotros, los hijos de los Francos. El futuro de 110 millones de hombres y mujeres que viven bajo nuestra bandera se encuentra en una organización de forma federativa, que se irá precisando con el paso del tiempo, pero de la que nuestra nueva Constitución debe marcar el principio y gestionar el desarrollo.

Todo nos aboca, por lo tanto, a instituir une segunda Cámara, cuyos miembros serán elegidos, primordialmente, por nuestros Consejos generales y municipales. Dicha Cámara complementará a la primera llevándola, en su caso, ora a revisar sus propios proyectos, ora a examinar otros, haciendo valer en la elaboración de las leyes dicho factor de orden administrativo que un colegio puramente político tiende a la fuerza a despreciar. Por otro lado, resultará normal introducir representantes, organizaciones económicas, familiares, intelectuales, para que se haga escuchar, dentro de un mismo Estado, la voz de las grandes actividades del país. Sumados a los cargos electos de las asambleas locales de los territorios de ultramar, los miembros de dicha Asamblea formarán el gran Consejo de la Unión Francesa, cualificado para debatir leyes y problemas que incumban a la Unión, así como presupuestos, relaciones exteriores, vínculos interiores, defensa nacional, economía, comunicaciones.

Cae por su propio peso que el poder ejecutivo no podría emanar del Parlamento, compuesto por ambas Cámaras ejerciendo el poder legislativo, a riesgo de desembocar en dicha confusión de poderes en la que el Gobierno no sería pronto sino una mera conjunción de delegaciones. Sin duda, habrá sido necesario, durante el periodo transitorio en que nos encontramos, instar a la Asamblea Nacional constituyente a elegir al Presidente del gobierno provisional, ya que, partiendo de cero, no había ningún otro modo aceptable de nombramiento. Pero esto no puede ser sino una disposición coyuntural. En verdad, la unidad, la cohesión, la disciplina interior del gobierno de Francia deben ser cosas sagradas, so pena de ver caer rápidamente a la dirección misma del país en la impotencia y la descalificación. ¿Sin embargo, cómo podrían mantenerse a la larga esta unidad, esta cohesión, esta disciplina si el poder ejecutivo emanase del otro poder al que tiene que equilibrar, y si cada uno de los miembros del gobierno, que es colectivamente responsable ante la representación nacional en su conjunto, no fuese, en su puesto, más que el mandatario de un partido?

Por consiguiente, el poder ejecutivo debe emanar del Jefe de Estado, situado por encima de los partidos, elegido por un colegio que aglutine al Parlamento pero mucho más amplio y compuesto de tal forma que haga de aquel el Presidente de la Unión Francesa a la par que el de la República. Corresponde al Jefe de Estado la tarea de respetar el interés general en lo relativo a la elección de los hombres, con la orientación marcada por el Parlamento. Suya es la misión de nombrar a los ministros y, ante todo, por supuesto, al Primer ministro, que deberá dirigir la política y el trabajo del gobierno. Corresponde al Jefe de Estado la función de promulgar las leyes y decretos, ya que estos y aquellas comprometen a los ciudadanos frente al conjunto del Estado. Suya es la tarea de presidir los Consejos de gobierno y de ejercer en ellos esa influencia de la continuidad imprescindible para una nación. Suya es la atribución de servir de árbitro por encima de contingencias políticas, ya sea normalmente por el consejo, ya sea en los momentos de grave confusión, invitando al país a manifestar su decisión soberana por vía de las elecciones. Suyo es el deber, si llegase la patria a verse en peligro, de erigirse como garante de la independencia nacional y de los tratados suscritos por Francia.

Antaño, un grupo de griegos preguntaron al sabio Solón: “¿Cuál es la mejor Constitución?” A lo que él respondió: “¿Decidme, primero, para qué pueblo y en qué época?” ¡Hoy en día, estamos hablando del pueblo francés y de los pueblos de la Unión Francesa, y en una época ciertamente dura y peligrosa! Tomémonos tal y como somos. Tomemos el siglo tal y como es. Tenemos que llevar a buen puerto, a pesar de las grandes dificultades, una renovación profunda que conduzca a cada hombre y a cada mujer de nuestro país a una mayor comodidad, seguridad, regocijo y que nos haga más numerosos, más poderosos, más fraternales. Tenemos que conservar la libertad rescatada con tanto y tanto sufrimiento. Tenemos que garantizar el destino de Francia, entre todos los obstáculos que se interponen en su camino y en el de la paz. Tenemos que desplegar, entre nuestros hermanos los hombres, aquello de lo que somos capaces, para ayudar a nuestra pobre y anciana madre, la Tierra. ¡Seamos suficientemente lúcidos y fuertes para darnos y respetar reglas de vida nacional, que tiendan a agruparnos cuando, sin descanso, nos vemos abocados a estar todos divididos! Toda nuestra Historia es la alternancia entre los inmensos dolores de un pueblo disperso y las fructíferas grandezas de una nación libre, reunida bajo la égida de un Estado fuerte.