1º de septiembre de 1966 – Alocución del general de Gaulle en Phnom-Penh: "la Alocución de Phnom-Penh"

El general de Gaulle toma la palabra en el Complejo deportivo nacional de Phnom Penh, durante una reunión popular a la que asisten 100.000 personas.

La exposición de sus opiniones sobre el conflicto vietnamita, sobre las responsabilidades atribuibles en su desencadenamiento, sobre el único medio de ponerle fin, debe su particular repercusión al hecho de que es pronunciado cerca de las fronteras de Vietnam y al día siguiente de la audiencia que concedió a Nguyen Thong, Delegado General de la República norvietnamita en Phnom Pehn.

De todo corazón, agradezco a su Alteza Real, el príncipe Norodom Sihanouk el habernos honrado con tan magnífica acogida en su noble capital. Al mismo tiempo, agradezco al pueblo jemer el haberme ofrecido tan extraordinario testimonio de su generosa confianza, así como de la amistad profunda que une a nuestros dos países.

¡La amistad, la confianza! ¡Sí! ¡Entre Camboya y Francia, sea cual sea la diversidad de orígenes y de latitudes, cuántas afinidades, sin duda! De ambos lados, una historia cargada de glorias y de sufrimientos, una cultura y un arte ejemplares, una tierra fecunda, con fronteras vulnerables, rodeada de ambiciones extranjeras y sobre la que pende incesantemente la espada de Damocles. El hecho de que hace un siglo ambas naciones asociasen temporalmente sus destinos, ciertamente ha podido ayudar a Camboya a mantener su integridad, mientras que Francia encontraba en ello una inestimable ayuda. Sin embargo, posteriormente, habiendo separado de común acuerdo sus soberanías y habiendo otorgado como base a sus relaciones una amistosa cooperación, he aquí que la estima y el afecto que se profesan mutuamente los dos pueblos son hoy en día mayores que nunca.

Dicha estima y afecto, debo decirlo, para nosotros franceses están ampliamente justificados por los actos de Camboya, desde que trece años atrás retomase por completo las riendas de su propio destino. A pesar de las graves dificultades, vemos al Reino actuar a favor del equilibrio y de la paz en la región del mundo donde se sitúa, sin por ello perder su personalidad, su dignidad y su independencia. Asistimos, bajo el impulso muy dinámico de Su Alteza Real, a un desarrollo interior, amplio y vigoroso, del que dan fe año tras año cientos de escuelas, hospitales, dispensarios, miles de pequeñas y medianas empresas, miles de kilómetros de carreteras y pistas, decenas de miles de hectáreas de plantaciones, todo ello realizado por ingenieros, expertos y trabajadores camboyanos. La divisa “Camboya se ayuda a sí mismo”, que su gobierno ha hecho figurar en todas las obras, es para el pueblo jemer un motivo de merecido orgullo y, para otros, un ejemplo inspirador. Asimismo, constatamos que dicho esfuerzo nacional no está en modo alguno reñido en su país con el recurso a la lengua y a la cultura francesas, así como a profesores, técnicos, médicos e industriales franceses, que ayudan a su propio progreso, sirviéndose paralelamente de las ayudas ofrecidas por terceros y de tal forma que, legítimamente, los logros alcanzados en su territorio hayan sido deseados por él y estén directamente a su servicio. En suma, vemos que Camboya, manteniéndose fiel a sus antiguas tradiciones, se abre deliberadamente a la civilización moderna y, gracias a una poco frecuente estabilidad interior, lleva a cabo, progresivamente y en beneficio de todos sus hijos, una notable transformación.

¿Pero, mientras que el Reino avanza por el buen camino, por qué en sus fronteras debe la guerra desencadenar masacres y ruinas que amenazan su propio porvenir?

Estas desgracias ya las había previsto el Jefe de Estado jemer, pero también había indicado a tiempo lo que convenía hacer para conjurarlas, siempre que se quisiese de buena fe. Al día siguiente de los acuerdos de Ginebra de 1954, Camboya optaba, con valentía y lucidez, por la política de la neutralidad derivada de dichos acuerdos y que, desde el momento en que ya no se ejercía la responsabilidad de Francia, por sí misma podría haber evitado a Indochina convertirse en un terreno de enfrentamiento para los poderes e ideologías rivales así como un imán para la intervención norteamericana. Por ello, mientras que su país lograba salvaguardar su cuerpo y su alma al seguir siendo dueño de su destino, asistimos a su vez a la instalación de la autoridad política y militar de los Estados Unidos en Vietnam del Sur y, al mismo tiempo, vimos reactivarse la guerra en forma de resistencia nacional. Tras lo cual, las ilusiones relativas al empleo de la fuerza condujeron al refuerzo continuo del Cuerpo expedicionario y a una escalada progresivamente extendida en Asia, cada vez más cercana a China, cada vez más provocativa frente a la Unión Soviética, cada vez más reprobada por numerosos pueblos de Europa, de África, de América Latina y, a fin de cuentas, cada vez más amenazante para la paz mundial.

Ante tal situación, donde todo hace pensar, por desgracia, que se va a agravar, declaro aquí que Francia aprueba completamente el esfuerzo desplegado por Camboya para mantenerse al margen del conflicto y que continuará a aportarle, con dicho fin, su sostén y su apoyo. ¡Sí! La posición de Francia es firme. Lo es mediante la condena que expresa sobre los actuales acontecimientos. Lo es por su resolución, donde sea y ocurra lo que ocurra, de no verse automáticamente implicada en la extensión eventual del drama y, en todo caso, de no atarse de manos. Lo es, finalmente, mediante el ejemplo que ella misma dio recientemente en el norte de África, poniendo deliberadamente fin a combates estériles en un territorio, sin embargo, incuestionablemente dominado, que administraba directamente desde hacía ciento treinta y dos años y donde estaban enraizados más de un millón de sus hijos. No obstante, puesto que dichos combates no aportaban ni su felicidad, ni su independencia y que, en la época actual, no podía conllevar más que pérdidas, odios y destrucción crecientes, quiso y supo salir de ello sin que se viesen afectados por este hecho su prestigio, su poderío y su prosperidad; ¡al contrario!

¡Pues bien! Francia considera que los combates que asuelan Indochina no ofrecen, por sí mismos o en sí mismos, ninguna salida. En su opinión, si resulta inverosímil que el aparato bélico norteamericano pueda ser derrotado sobre el terreno, por otro lado, no existe posibilidad alguna de que los pueblos de Asia se sometan a la ley del extranjero venido desde el otro Pacífico, fueran cuales fueren sus intenciones y por muy desarrolladas que sean sus armas. En suma, por muy larga y dura que esté llamada a ser la prueba, Francia está convencida de que la solución no será militar.

A menos que el universo no se precipite hacia la catástrofe, únicamente un acuerdo político podría, por lo tanto, restablecer la paz. Sin embargo, siendo las condiciones de un acuerdo de ese calibre muy claras y conocidas, todavía hay lugar para la esperanza. Así como en 1954, el acuerdo tendría por objeto establecer y garantizar la neutralidad de los pueblos de Indochina así como su derecho a disponer de sí mismos, tal y como efectivamente son, dejando a cada uno de ellos la completa responsabilidad de sus asuntos. Los firmantes serían por consiguiente los poderes reales que allí se ejercen y, entre el resto de Estados, cuando menos las cinco potencias mundiales. Pero la posibilidad y, a fortiori, la apertura de una negociación tan amplia y tan ardua dependerían, evidentemente, de la decisión y del compromiso que previamente hubiese querido asumir Norteamérica de repatriar sus fuerzas en un plazo adecuado y preciso.

Sin lugar a dudas, tal salida está lejos de ser posible hoy en día, si es que algún día lo fuese. Pero Francia considera necesario afirmar que, a sus ojos, no existe ninguna otra, salvo condenar al mundo a desgracias cada vez mayores. Francia lo afirma en virtud de su experiencia y de su desapego. Lo afirma pensando en la obra que completó recientemente en esta región de Asia, en los vínculos que ha conservado, en el interés que sigue profesando hacia los pueblos que aquí viven y por los que se siente correspondida. Lo afirma invocando la amistad excepcional y dos veces secular que, por otro lado, la une con Norteamérica, la idea que hasta hoy se había forjado de esta, como ella se la hacía de sí misma, a saber, la idea de un país que enarbola el concepto de dejar necesariamente a los pueblos disponer a su manera de su propio destino. Lo afirma habida cuenta de las advertencias que París ha multiplicado desde hace tiempo hacia Washington, cuando todavía no había cometido nada irreparable. Lo afirma, por último, con la convicción de que, en el nivel de poderío, de riqueza, de proyección alcanzados actualmente por los Estados Unidos, el hecho de renunciar por su parte a una expedición lejana -desde el momento que se antoja carente de beneficio y de justificación- y de optar por un arreglo internacional favorecedor de la paz y el desarrollo de una importante región del mundo, en definitiva, no podría en modo alguno herir su orgullo, traicionar su ideal ni perjudicar sus intereses. ¡Al contrario, tomando una vía tan ad hoc al espíritu de Occidente, cuán grande sería la repercusión a los cuatro vientos de los Estados Unidos y cuánto aumentaría la esperanza de paz, in situ y por doquier! En todo caso, a falta de llegar a ello, no habrá mediación que ofrezca una perspectiva de éxito y, por ello, Francia, por su parte, no ha pensado nunca y no piensa en proponer alguna.

¡Entonces dónde mejor que en Phnom Penh podría yo haber formulado esta actitud y esta esperanza, puesto que son también las de Camboya, puesto que el Reino, rodeado de una Indochina desgarrada, se muestra como un modelo de unidad e independencia, puesto que la amistad activa de nuestros dos gobiernos y de nuestros dos pueblos está hoy más viva que nunca, y he aquí la prueba imborrable!

¡Viva Camboya!